Aurelia Velez

Aurelia (y Adriana) escriben

Aurelia Vélez en el teatro

30 de agosto de 2026

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El unipersonal que procura la proximidad de Aurelia Vélez, mujer comprimida en el tiempo histórico bajo los nombres de su padre y de su amante, comienza con la evocación que el personaje hace de su propia vida. Tengo allí la resonancia del exilio, del aterrado cruce a Montevideo junto a su familia en los días más inclementes de Juan Manuel de Rosas. En este repaso de la infancia, el texto de Adriana Tursi omite el regreso de Dalmacio Vélez Sarsfield a Buenos Aires en 1846 y su condición de contertulio preferencial de Manuelita en Palermo. Pero no tardo en entender que voy un paso atrás de la autora: si ella ha elegido la fuga, lo ha hecho por su valor dramático y porque desde el principio hasta el final de “Aurelia Escribe” su texto se mantiene fiel a un objeto: Aurelia, la persona, la mujer, tensionada entre su tiempo y sus deseos, entre su crecimiento personal y el volumen de los hombres que tuvo cerca. Allí donde me apuro a escrutar el sesgo, Tursi sostiene el enfoque de lo íntimo, de esa orbita más difícil de centrar, que una vez hallada o intuida convierte al anecdotario político en un pretexto o un insumo. Entonces, frente a alguien que con los materiales de la historia construye las ficciones de la escena, me pregunto: ¿Cómo se maneja el dramaturgo para que el historiador lo informe sin adueñarse de lo narrativo? ¿Cómo hace la autora que procura la presencia de una mujer del siglo XIX sin dejarse tironear por discursos del presente? Si respondo a partir de lo que alcanzo a ver y experimentar en “Aurelia Escribe”, creo que Adriana toma la opción de la apuesta artística. Sabe que un poco la tiene que inventar a Aurelia, crearla, encarnarla, desde lo que de ella se sabe, pero tal vez más, partiendo de todo aquello que no se le conoce o que no se le reconoce. Tomado el riesgo, el itinerario lúdico se vuelve fecundo, la Aurelia Vélez que me propone no necesita proclamas ni libelos, porque las connotaciones más profundas de su conflicto arden por implicancia. En plena hegemonía de lo masculino, la inteligencia y la pasión de Aurelia revierten lo que parecía ser un destino. La presencia del padre brillante y prestigiado, que, para el tedioso diseño materno de ponerse a bordar a la espera del casamiento, pudo ser intimidante y definitivo, en su caso se vuelve camino y liberación. Esta épica personal de contrastes y altos precios a pagar se resuelve en escena con un montaje dinámico, que no se libera de lo lineal solo por la abreviación y el salto, sino por la estrategia de desgranar en emociones los grandes hitos de una vida. Esta fragmentación discurre con soltura, sin confundir o desdibujar los hechos que ha seleccionado Tursi para armarla. El triunfo de convertirse en secretaria de su padre derribando un mandato es la verdadera bisagra para Aurelia. Es el paso que la conduce hacia sí misma, a su condición de cronista y escritora, y la que empuja el título de la obra. El otro tópico central es el amor por Sarmiento, un amor de amante, una admiración que se sexualiza, pero a la vez una sexualización que nivela e intercambia los saberes. Nadie como ella -por ser Aurelia y por ser mujer- para medir con justeza al hombre siempre precedido por la apócope “gran”. Su Sarmiento luce más pequeño y humano, ella puede verlo también desde el humor y la referencia burlona. Es su compañera y su propagandista, su mujer y su asesora en las sombras. Brilla hacia adentro y es opacada hacia afuera. Es feliz con ese presidente que la respeta y la escucha, y no lo es con una ciudad entera que la condena. Es que, en este drama, el sexismo parece latir con más fuerza en las propias mujeres que no se atrevieron -como ella- a ir más allá del espacio que los hombres les dejaban. Todo esto se refleja con fuerte vibración en lo que ha imaginado otra mujer que, como la propia Aurelia y a 150 años de distancia, también escribe. Adriana Tursi ha sabido recoger los ecos más sabrosos del personaje. Claro que no hay personaje sin actor, y la encargada de animar a Aurelia Vélez es Carolina Tejeda, que pone su indudable talento al servicio de este texto. La armoniosa y muy lucida puesta en escena sugiere una complicidad, una comunión inspirada entre la actriz y el director Marcelo Velázquez. Me permito suponer, sin conocer el oficio, que un guion de teatro, incluso en su versión generosa, no puede evitar en ultima instancia la restricción del texto, especialmente para el unipersonal. Sin embargo, actriz y director parecen haber encontrado en la diversidad de tonos, en los giros sobre el escenario, y particularmente, en el recurso a unos pocos objetos que funcionan por momentos como metáforas y por momentos como símbolos, un concierto de posibilidades dramáticas interiores al contorno mismo de la obra. La han enriquecido, la han expandido. Me invitan incluso a pensar que ciertos gestos que Tejeda despliega con rara solvencia pueden haber sido sugeridos o completados por la pericia de la actriz y aprovechados por una dirección inteligente. En definitiva, Tursi, Tejeda, y Velázquez, le dieron palabra y cuerpo a Aurelia Vélez, la hicieron vivir y sentir, pensar y recordar, colmándola de verosimilitud. Durante una hora estuve más cerca que nunca de aquella mujer sobre la que había leído bastante. En el cálido salón del Teatro del Pueblo pude conocer mejor sus ilusiones audaces, su erotismo vivaz, su productiva inteligencia. “Aurelia Escribe” salda con arte una existencia recortada por mezquindades de nuestra historia y ratifica al teatro como vehículo excelso para alumbrar almas presuntamente lejanas.

  

  

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