Del amor como desventaja
Los androides y la verdadera clave de su superioridad
11 de septiembre de 2026
La nueva especie en ciernes, los robots antropomórficos equipados con inteligencia artificial, no son una revolución. Tampoco pueden ser clasificados como evolución de una especie -la humana- ya que no la integran y están condenados a desprenderse resueltamente de ella. Lo que representan, en realidad, es una aceleración del paso aterrador que venimos dando sobre este sufrido planeta. Tres películas relativamente recientes aportan al análisis del tema. Prescindiendo del rigor cronológico, las películas son “Morgan”, EEUU, de Luke Scott; “Ich Bin Dein Mensch” (El Hombre Perfecto), alemana, de 2021, dirigida por María Schrader y “Ex Machina”, británica, de 2014, dirigida por Alex Garland.
“Morgan”, aun condicionada por su servidumbre al thriller, suelta la problemática de la fabricación de los androides, su control de calidad y la relación entre ellos. Morgan (Anya Taylor Joy) es un humanoide construida en una oculta casona rural por un grupo de científicos bajo el monitoreo de una poderosa empresa. Un tópico inteligente de esta narración es el lugar donde asienta la asimetría entre la criatura y sus artífices. Luego de tanto trabajo, y obtenidas ciertas respuestas de apariencia emocional, los constructores de Morgan han fusionado el deseo de éxito profesional con el involucramiento afectivo. Llega a la casa la enigmática Lee (Kate Mara), supervisora de la empresa, cuya función es aprobar o desactivar el proyecto de acuerdo a una evaluación de Morgan, quien por esos días ha mostrado reacciones no previstas y peligrosas. El momento más afinado es una cena de trabajo cargada por la tensión entre la inspectora y el entorno, a la vez científico y tutelar, de la tornadiza criatura. Tratando de persuadir a Lee de que los desvíos en la conducta del robot pueden ser rápidamente resueltos a nivel de su programación, los científicos la mencionan con un pronombre personal (ella). Rápida y lapidaria, la inspectora los amonesta recordándoles que Morgan siempre será “eso”. O sea, algo, pero nunca alguien. Los investigadores quedan entre dos fuegos cuando advierten que Lee es de la misma especie que Morgan, salvo que es un modelo mejor terminado. Lo notable aquí es que el humano se muestra capaz de cultivar una empatía con el robot, que este último no tiene ni con el humano ni con sus propios pares. Prueba de ello es la severidad de Lee, que en definitiva viene a eliminar a Morgan por fallida. Lo que suelta esta película es que, en la inminente lógica expulsiva de la robótica -reino de la pura eficiencia- los hombres exhiben como desventaja justamente aquel punto con el que creen -y quieren- verse superiores: la afectividad.
“Ich Bin Dein Mensch”, (El Hombre Perfecto), como película, tal vez sea la mejor de las tres. Está poblada de ricas ironías y el planteo inteligente le permite introitos de comedia. Aquí la doctora Alma (Maren Eggert), filóloga destacada del Museo de Berlín, mujer próxima a los 40 años, acepta participar de un curioso experimento. Deberá convivir por tres semanas con un androide especialmente programado para seducirla. Alma es elegida porque reúne uno de los requisitos para la prueba: no está actualmente en pareja. La experiencia busca establecer si los robots poseen una genuina vida emotiva que los vuelva sujetos dignos de derecho. Cumplido el plazo, Alma deberá realizar una evaluación final. El robot (Dan Stevens) se llama Tom y cuenta con información procedente de millones de personas, la cual procesa con su inteligencia artificial. Sus algoritmos van asimilando las reacciones de Alma para elaborar velozmente nuevas y mejores respuestas. Mujer formada como lingüista e historiadora de la literatura, Alma confronta intelectualmente con Tom tratando de atacar las zonas no programadas de su cibernético cortejante. Las primeras estrategias del androide son lugares comunes: atmosferas forzadamente románticas, pétalos de rosa en la bañera, copas de champagne burbujeante y bailes sensuales. Pero Alma, reticente desde el inicio a la presencia de Tom en su casa, no responde a esos estímulos. En parte porque no es una persona de gustos o hábitos masivos, y en buena parte porque quiere poner a prueba a esos algoritmos que tratan de direccionar su erótica. Pero la versatilidad de Tom frente a situaciones adversas, la sorprende y la confunde. Esto conduce a un péndulo constante de colisión y acercamiento entre los protagonistas. En algún momento Alma no puede evitar la confidencia. Expone ante Tom sus más íntimos dolores y frustraciones. El robot ajusta las palabras para el momento, pero a Alma le suenan mecánicas y banales. Con el vaivén de empatías y rechazos llega el encuentro sexual. Alma no puede resolver la ambigüedad que se tiende entre las dos noticias de la experiencia: fue a la vez tan satisfactoria como ficticia. Tom complace, pero no desea. Esa misma dualidad la embarga a la hora de cerrar la relación experimental. El robot entiende sin traumas su destino: “Seré eliminado, pero la ventaja de no estar vivo es que no puedes morirte”. Aquí la película desliza otra ventaja de los androides: no cargan el peso de una conciencia trágica. Sin embargo, Alma no puede evitar horrorizarse y sentirse responsable frente al próximo desguace de Tom. Le ha dicho reiteradamente que su presencia es una mentira, pero ahora lo abraza con ternura. Finalmente, su informe contiene conceptos interesantes: “La historia humana está llena de supuestas mejoras cuyas nefastas consecuencias solo se vuelven claras décadas o siglos después. Puedo decir con certeza que un robot diseñado para reemplazar a un marido o a una esposa es una de estas mejoras. Un humanoide hecho a la medida de las preferencias individuales no solo puede reemplazar a una pareja, sino que puede parecer la mejor pareja. Cumplen nuestros anhelos y nos hacen felices, pero ¿el sentido de la vida humana es cubrir todas nuestras necesidades con solo pulsar un botón? ¿No son nuestros deseos insatisfechos y nuestras eternas búsquedas la fuente de nuestra humanidad? Si admitimos a los robots, crearemos una sociedad de adictos sin motivación para desafiarse a sí mismos, superar conflictos y cambiar. Desaconsejo encarecidamente aprobar humanoides como parejas estables”. Mientras este buen texto se va desgranando en la pantalla, las imágenes muestran a Alma conduciendo su auto en busca de Tom que ya se le ha vuelto entrañable. Su informe es también autorreferencial.
“Ex Machina”, película guionada y dirigida en 2014 por Alex Garland, desovilla una de las posibilidades más inquietantes a propósito del tema. Aquí Caleb (Donhall Greesom) es un calificado empleado de una gran empresa informática. Ha resultado ganador de un premio promovido por el misterioso dueño Nathan (Oscar Isaac), uno de esos megamillonarios que orientan su dinero a infantiles y peligrosos caprichos. El premio consiste en visitar durante una semana la muy restrictiva y apartada residencia de Nathan -que el propietario define como “centro de investigación”- para una experiencia especial. Nathan sorprende a Caleb informándole que ha logrado construir un robot equipado con inteligencia artificial. Se trata de Ava (Alicia Vikander), y el sentido de la presencia de Caleb es practicarle a Ava el test de Turing (una técnica para distinguir una inteligencia artificial mediante el intercambio). La aparición de Ava está filmada en base a efectos especiales de transparencia que delatan la composición interior metálica y eléctrica del robot. Pero otras zonas de su cuerpo son de apariencia y textura absolutamente humanas, conformando una figura femenina armoniosa y atractiva. Ava se mueve dentro de un gabinete transparente y rígidamente limitado. Monitoreados permanentemente por Nathan, Ava y Caleb van cimentando una suerte de complicidad. Ava tiene el poder de interrumpir el suministro de electricidad de la residencia. En esos interregnos le confiesa a Caleb su condición de prisionera de Nathan. Ava está equipada con el universo de gestos que la menesterosa afectividad humana necesita, salvo que, en su caso, son un simulacro tendiente a obtener avances y beneficios. Caleb, que ya alimenta dudas sobre los procedimientos de su extraño anfitrión, comienza a sensibilizarse. Experimenta deseos de proteger y liberar a Ava. Su empatía con ella -pese a las advertencias de Nathan- lo condenan. Una vez eliminado Nathan gracias a una traición de Caleb, Ava inicia su camino a la libertad dejando a su ingenuo salvador atrapado en los mismos gabinetes infranqueables que la mantenían bajo control.
Concluyo que estos seres de diseño que llegan para pasarnos a retiro, ostentan una clave superadora: no necesitan a nadie. No los afecta el endeudamiento edípico originario, ni la presión cristológica y culposa, ni las construcciones espirituales que expulsarían rápidamente por reputarlas como desvíos o excedentes. Pero la liberación que los lanzará por encima de sus creadores, será la prescindencia libidinal. Al enervar lo físico tan solo como complemento auxiliar de lo intelectual, no estarán sujetos a las vicisitudes del deseo. El deseo no los confundirá ni apartará de sus objetivos.
Si el caso de Morgan muestra al afecto como déficit, el de Alma le confiere al servil robot encarnado por Tom, el poder adormecedor de la atención sistemática a la comodidad y el placer. Se cumple la premisa hegeliana que convierte al amo en esclavo por el permanente incremento de su dependencia. Ava, a su vez, supera a los anteriores en tanto que ya tiene incorporada la lucha por la preeminencia. Es mejor estratega que Morgan y tiene más autonomía que el obediente Tom. Pero si algo tienen en común los tres es esa ventaja de la generación robótica: la utilización inescrupulosa o indolente de la empatía, su simulación mecánica. Claro que condenarlos moralmente puede ser tan ingenuo como simplista. La inteligencia artificial no hace otra cosa que incorporar y expandir la antigua y muy humana vocación de someter al otro que conocemos tan bien. Lo cual parece inevitable si en la matriz informática de estos seres se maceran las categorías culturales que hemos legitimado con una mansedumbre suicida.
El desarrollo del conocimiento acerca de su propia naturaleza, ha ido podando en el hombre sucesivas mistificaciones hasta dar con el afán de supervivencia como motor último de sus acciones. Darwin y Freud, entre otros, han ensanchado esta perspectiva despojada de cualquier idealización. Es un punto de llegada no muy amable, pero que abre dos direcciones posibles: O se lo toma para sobreponerse a ese mismo móvil primario y ciego, para superarlo construyendo una disposición responsable y fraternal, o bien sirve de justificación para cimentar el culto individualista y depredador que se puede verificar en discursos que hoy se lanzan sin pudor. En este segundo caso, la llegada del humanoide desprovisto de sensibilidad apenas implica una economía, un acortamiento del camino. El creciente prestigio del desprecio a lo colectivo, lo solidario, o al propio comportamiento de inspiración cristiana, insinúan que, a grandes rasgos, ya hemos tomado el partido equivocado, sea que lo hayamos hecho por suscribirlo o por no resistirlo. Esa oscura advertencia palpita en las tres películas que aquí comento.