Maradona Messi

Desmaradonizar, un proyecto en problemas

Dificultades para derribar un mito

18 de julio de 2026

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Hasta la irrupción de la sábana malvinera pintada con aerosol tras el partido contra Inglaterra, el martilleo cultural correctivo creía estar cerca de su objetivo: derrocar la iconicidad de Diego Maradona. El operativo había comenzado de manera infausta al darse a conocer: Aquel ruidoso silencio del ex vocero presidencial en ocasión de celebrarse el “día mundial del zurdo” de 2024. Allí enumeró a compatriotas ilustres de esa condición excluyendo insólitamente al autor del “mejor gol de todos los tiempos”. Previsible, el funcionario eligió destacar a Lionel Messi. Efectivamente, la generosa genética argentina soltó en menos de 30 años a los dos más grandes genios del futbol mundial, proveyendo de este modo un material precioso para el golpe de estado simbólico. Héroe contundente, sobrio y desdramatizado, Messi resultaba hasta hace muy poco involuntariamente funcional a la empresa “cultural”. La Argentina del presente y del pretendido futuro cambiaría de signo. Atrás iba a quedar lo contestatario, lo desprolijo, y lo reprobable cuando la energía devocional gire hacia lo profesionalmente previsible, lo familiarmente estable y lo discursivamente austero. Para colmo -y eso no se puede discutir porque es ya estadístico- el nuevo Dios de origen rosarino y formación catalana le ha dado más alegrías a su pueblo que el polémico predecesor. Esta feliz novedad prometía un reemplazo quirúrgico del adn vernáculo, que tendría que abandonar lo “argento” -categoría que confiesa sin pudor lo deficitario de sí misma- para retomar lo señalado casi escolarmente como lo apropiadamente “argentino”. Una ejemplaridad postulada por quienes ejercen la hegemonía de la palabra y que, por triste paradoja, ellos jamás podrían cumplir. En palabras más claras, un llamado definitivo a la obediencia, que reprueba hacerles goles con la mano a los ingleses, como Maradona, o estrujarles la enseña, como Rattin. Un canon que tolera, sin complejos, confiarle a Inglaterra el oro del país, o disolver en la memoria colectiva un abominable crimen de guerra para no incordiar la rancia gala monárquica del rival. Ese tipo de argentinidad sin macula se suele esgrimir con tono solemne justamente porque el enunciador -cuando es honesto- necesita no reconocer el carácter calculadamente incompleto del concepto. Por su parte, el pregonero sabedor de la estafa semántica, la promueve incesantemente a cambio de beneficios que cursan por fuera del alcance fiscal. El dispositivo desmaradonizador no es novedoso: empalma con viejas tentativas argentinas y conlleva aquel mismo afán profiláctico con que durante casi dos décadas se intentó extirpar la palabra “Perón” del vocabulario oral o escrito de una sociedad agrietada desde antes del fusilamiento de Dorrego. Pero el proyecto ilusionaba porque Diego y Lionel son deidades bien diferentes. Maradona es un tipo de futbolista alado, musical e histriónico. Sus triunfos fueron tan resonantes y numerosos como sus caídas. Es un Dios griego atormentado y virtuoso, gigantesco y a la vez vulnerable. Sus avatares se resolvieron entre el escándalo y la ternura. Messi es un jugador hiperkinetico y dominante. Su tipo de sobrehumanidad parece de orden tecnológico, sus espasmos terrenales son el avance geométrico e ilimitado. Luce en el Olimpo la insonora distancia del infalible, más reticente a la humanización. Diego lo politizaba todo, mientras que Messi, encasillado en el casillero político por excelencia que es el de la negación de lo político, se vuelve más temible apenas se corre un centímetro del lugar que no incomoda. Y justo en el mundial de la parafernalia trumpista, que presuriza al futbol para empujarlo al grotesco, el confiable Lionel Messi vino a sacudir su perfil domesticable. Algo de esto se había insinuado ya en 2022 con el indeleble “Andá pa allá, bobo”. Pero en la muy georgiana Atlanta, y justamente contra Inglaterra, un halo maradoniano procedente del cielo y del infierno, quiso embargar la tarde. Messi participó de la reivindicación clandestina de la soberanía argentina. Agitó ese cartel de confección plebeya mandando también “pa allá” al ascetismo hipócrita de la FIFA. Querelló con Bellingham (gran jugador), y para no consentir una derrota lanzó el centro perfecto con su pierna derecha inventando fuerzas donde ya no había. Los compañeros que capitaneó les gritaron mal a los ingleses los goles en la cara, Enzo Fernández les hizo gestos a los mismos hinchas que tal vez lo aplauden cada fin de semana en su club de Chelsea. Hubo pierna bien fuerte, agarrones, insultos y el partido no hizo otra cosa que confirmar que no era solamente un partido. Todo, hasta el resultado y la forma en que sobrevino, escapó al libreto exhibido en las amaneradas conferencias de prensa. Esto ocurrió para bien de Maradona y de su vigencia, como para desgracia de los cirujanos culturales que se salieron de quicio cuando el Dios sustituto hizo mención a los argentinos que “no llegan a fin de mes o no tienen trabajo”. Mala tarde la de Atlanta para apagar la incandescencia de Maradona, tan rebelde en las alturas como lo fue entre nosotros. Es indudable que ambos ídolos seguirán siendo irresolublemente distintos, pero el imaginario popular, después de este partido, ya tiene lo suficiente para erigir lo hereditario, lo transitivo y lo idéntico. La operación consistente en imponer un mito para que derribe al anterior acaba de sufrir un enorme retroceso.

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