Rosas Alem Yirigoyen

La sombra de Rosas en el primer radicalismo

Enlaces y similitudes entre dos movimientos políticos

6 de septiembre de 2026

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No se puede trazar con ligereza un empalme entre el régimen de Juan Manuel de Rosas, agotado en 1852, luego de Caseros, y la Unión Cívica Radical, nacida recién hacia 1891, tras la Revolución del Parque. Mediaron 40 años y tanto la sociedad como la economía argentina habían cambiado. Entre ambas experiencias, además, se tiende la vigencia del autonomismo porteño, el partido de Adolfo Alsina, condenado a la dispersión en 1877 por la temprana muerte de su líder en los campos de Carhue. Sin embargo, se podría identificar un común denominador de los tres momentos: la cooptación del favor popular. Procurando algún hilo que lleve de un punto al otro, resulta más fecundo seguir a los protagonistas en sus trayectorias y circunstancias. Ello requiere ir atrás en el tiempo.

En la barrosa Buenos Aires de 1827, se pudo ver a orilleros, negros y mulatos celebrando la caída de Bernardino Rivadavia. A los que provenían de los corrales de Miserere los encabezaba el “turco Alen” (escrito y pronunciado así, con la ene), pulpero adscripto con grado de alférez a las huestes de Manuel Dorrego, “el protector de los pobres”. Derrocado y fusilado el Gobernador a fines de 1828 por orden de Juan Lavalle, Leandro Antonio Alen -que en realidad era descendiente de gallegos- acompañó el giro de la adhesión popular hacia quien el propio Dorrego apodaba “el gaucho pícaro”. Efectivamente, con su paso de severo reparador institucional, el estanciero Juan Manuel de Rosas se iba a ir apropiando de casi todo: la bandera federal, la suma del poder público, la aduana, y entre tantas cosas, la adhesión incondicional del pulpero de Balvanera. El negocio de Leandro Antonio, donde los payadores cantaban loas al “Ilustre Restaurador de las Leyes” y a su “hija angelical”, funcionaba sobre la actual avenida Rivadavia (que hasta 1957 se llamó General Quiroga). Tomasa Ponce, su esposa, era descendiente directa de araucanos (“mi abuela era una china”, dirá alguna vez una nieta suya) *(1). Hacia 1842 ya había dado a luz a 4 hijos, entre ellos una mujer más que importante para esta historia: Marcelina Alen que se casó con Martín Yirigoyen, un modesto carrero vasco. Ese año Tomasa tuvo el hijo que le iba a imponer la “eme” al apellido paterno. Leandro Nicéforo nació el 11 de marzo, en pleno apogeo del régimen. Acababan de fracasar la conspiración de Maza, la revolución de los “Libres del Sud” en la batalla de Chascomus, y la invasión comandada por un ya fatigado Juan Lavalle. Iniciado el tiempo de Rosas, Alen no había tardado en sumarse a la Sociedad Popular Restauradora, conocida como “la Mazorca”, bajo la dirección del temible Ciriaco Cuitiño. Más allá de su apasionada participación política, “el turco” padeció serios trastornos mentales cuyas consecuencias le valieron una condena a prisión. El propio Rosas debió indultarlo en 1847 a condición de que se mantenga en los alrededores de la pulpería para evitar nuevos problemas. Oscuramente lo aguardaba a Alen el final del régimen, un final -para su desgracia- dividido en dos momentos. El 3 de febrero de 1852, Urquiza entra a Buenos Aires y depone a Rosas, quien debe abandonar el país y marcharse a Inglaterra, pero el 11 de Setiembre se produce un levantamiento cívico y militar contra el jefe entrerriano. Los porteños rechazan el acuerdo de San Nicolás y se separan del resto de la Argentina. Alen toma una decisión funesta para su suerte: abandona la ciudad para sumarse a la contrarrevolución liderada por el coronel Hilario Lagos que le pone sitio a Buenos Aires. El movimiento fracasa y a su regreso, “el turco” es tomado prisionero bajo la acusación de haber matado a un tal Amarilla durante el tiempo de la Mazorca. En vano su excelente defensor Marcelino Ugarte argumenta una inocencia que recién será acreditada años después con la confesión del verdadero asesino * (2), pero son tiempos de revancha y el pasado de Alen no ayuda. El juez invierte la carga de la prueba y condena al “turco” Leandro Antonio por no poder demostrar que fueron otros los autores del crimen. El 28 de diciembre será ejecutado junto a Cuitiño en la plaza de la Concepción (actualmente reducida a plazoleta en el cruce de las avenidas Independencia y 9 de Julio). Llegado el día, su hijo Leandro Nicéforo, de apenas 11 años, se acomoda entre miles de personas para ver como el cuerpo de su padre cae ensangrentado y lo cuelgan luego de un travesaño para cerrar el espectáculo. Allí termina brutalmente la infancia de quien en adelante será “el hijo del mazorquero” o “el hijo del ahorcado”. Durante un largo y doloroso tiempo, sus compañeros le tirarán piedras y le negarán su amistad. La vida en casa también se ensombrece. Tomasa inicia un ruinoso proceso sucesorio que deja a los Alen en la pobreza. El único hecho calladamente venturoso por aquellos días es el nacimiento de Hipólito, el hijo de Marcelina y el vasco Yirigoyen, que será el sobrino predilecto de Leandro.

En medio de tanta adversidad, Leandro Alem continúa sus estudios de derecho y filosofía, participa en la guerra de la Triple Alianza y hacia 1869 obtiene una función oficial en Rio de Janeiro. Casi todos los amigos que cosecha en la juventud tienen un pasado rosista como el propio Ugarte, Mansilla, Del Valle, Saenz Peña, Bernardo de Irigoyen o un unitario muy peculiar, Adolfo Saldías, quien inicia una revisión del pasado en su “Historia de la Confederación Argentina”, primer estudio que reivindica buena parte de la actuación pública de Rosas. En 1959 y 1861, y a semejanza de su padre, no duda en ponerse a las órdenes de Urquiza para enfrentar a Buenos Aires en las batallas de Cepeda y Pavón, peleando del lado “federal”. Persiguiendo otras semejanzas, se podría imaginar que aquellos negros agradecidos por el derecho a preservar su cultura, que en su hora cantaban “Ya vites en el candombe / como glitan los morenos / viva nuestro padre Losas / el Gobernadol más Güeno” bien podrían haberle dedicado unas coplas a Alem, que en 1869 arruinó su carrera diplomática en Brasil por defender a un esclavo azotado en plena calle. Lo condujo hasta la embajada y ante los gritos del amo reclamando por su propiedad le contestó que el hombre ya no tenía dueño porque estaba en territorio argentino * (3).

Hacia 1870, Leandro Alem e Hipólito Yirigoyen –que ya tenía 18 años- militaban juntos en el partido autonomista de Adolfo Alsina. Defenestrado en su candidatura por Bartolomé Mitre, Alsina apoya para las presidenciales del año 1874 a Nicolás Avellaneda. Con ese objetivo hace alianzas antes impensables con fuerzas del interior adversas al mitrismo, incluyendo al propio Urquiza, a quien, en su juventud, había planeado asesinar a través de una extraña logia * (4). Este giro que Alem e Yirigoyen acompañan, puede ser oportunismo electoral, pero puede abrigar razones más hondas. Hasta allí, autonomistas de Alsina y nacionales de Mitre habían compartido la ruptura de Buenos Aires con la organización nacional confederada de 1853.Alsina llevó al extremo ese ánimo separatista, de ahí el nombre de su partido. Para 1874 la coyuntura ya exhibe un corte más nítidamente social y económico de lo político: La elite librecambista concentraba su representación política en Bartolomé Mitre, mientras que la denominada “plebe”, se entregaba al carisma de Adolfo Alsina * (5). En este último lado de la división se encuentran las bases del radicalismo por venir.

Dos hechos de la actuación política de Leandro quieren sumarse como enlaces del pasado. En 1875, como legislador, acompaña a Vicente Fidel López y Carlos Pellegrini en un proyecto de Ley de Aduanas que establece un arancel del 40% para productos fabricados en el país. Norberto de la Riestra acusa a estos diputados de “querer volver a la época de Rosas”, en referencia a la orientación proteccionista del proyecto y su similitud con el marco legal aduanero de 1835 (Detalle: de la Riestra, próximo ministro de economía, preside por entonces la sección local del banco de Londres, instalado en la Argentina durante la presidencia de Mitre). El segundo episodio es de índole electoral. Disconformes con la conducción de Alsina, para las elecciones de 1877, Alem alienta una facción interna para enfrentar a “una aristocracia centralizadora y antinacional”. Habiendo triunfado su fuerza en algunas parroquias, tras el escrutinio se producen enfrentamientos a tiros que los periódicos mitristas atribuyen únicamente a Alem, a quien acusan de liderar “El partido de Rosas”. A su vez, el diario afín de los Varela ironiza que “Hay que pararlo antes que se venga con el malón”. Se habla de “los malevos” que lo rodean y no falta la lira imprudente que le da de comer a estos denostadores: “Yo vengo de Balvanera / Me llaman el cuchillero / Soy hombre de Leandro Alem / y por él me juego entero”. Claro que la divisa opuesta no era sostenida por ángeles. Mitre había promovido una insurrección armada en 1874 para la que no dudó en reclutar a las indiadas del cacique Catriel, pero en la línea editorial de su diario -incluida la sección en inglés- el “indio” era Alem. Nada nuevo bajo el sol, como enseña el Eclesiastés: Intereses poderosos y prensa servicial estigmatizando a las formaciones políticas nacionales y populares. Si Rosas lo padeció en el tratamiento de la historiografía posterior, a Alem le tocó sufrirlo en su propio tiempo, cuando los motes de “rosista”, “rosín”, “mazorquero”, “indio”, oincluso “gaucho”, permitían descalificarlo ahorrándoles a los lectores el esfuerzo de razonar.

Tras la revolución del parque de 1890 -un levantamiento contra el gobierno de Miguel Juárez Celman que encabezaron Alem, Del Valle y Bernardo de Irigoyen- sobrevino la creación del partido “radical”, que debió su nombre al rechazo intransigente de Leandro al acuerdo que sellaban Roca y Mitre. Así describe Carlos Ibarguren * (6) aquella escisión política: “En las provincias, donde se conservaba la vieja tradición política de federales o “mazorqueros”, y liberales o mitristas, fueron los simpatizantes de aquellos los que siguieron a Alem”.

Si el itinerario político de Alem ofrece semejanzas y continuidades, el caso de su sobrino Hipólito Yrigoyen activa conjeturas todavía más atrevidas. En 1872, el presidente Sarmiento lo designa comisario de Balvanera, un puesto desafiante para un joven letrado de apenas 20 años. Si bien se presume la influencia de su tío Alem en este nombramiento, los hechos demostrarán que al joven no le faltan condiciones para el cargo. Siempre vestido de galera y chaqueta negros, su estilo amable pero austero imponía respeto. Un famoso delincuente de la zona, que obligó a dos agentes policiales a volver a la comisaría con las manos vacías, se sometió mansamente cuando Yirigoyen en persona lo fue a buscar. Bastó que el joven comisario bajara del caballo para que el rebelde se entregara. También es memorable su duelo con Lisandro de la Torre. Los allegados a Yirigoyen le aconsejaron no presentarse porque nunca había tomado un florete mientras que el dirigente rosarino era un eximio esgrimista. El resultado fue que De la Torre terminó lleno de heridas. Cuando partidarios del gobernador Carlos Casares fueron a asaltar la casa de Leandro, ahí estaba Hipólito con el arma cargada y sin mueca alguna de temor. Todas las descripciones coinciden en retratarlo como un hombre silencioso y alto, dotado de una autoridad física que no dejaba de evocar a alguien. Lo que en Rosas era la altivez del patrón, en Yirigoyen fue el misterio del hombre misional. Menos elocuente que su tío Leandro, lo superaba en la acción política. Organizaba, cosechaba lealtades, y gracias a su experiencia policial, manejaba con soltura a los seguidores. Así fue como pudo dirigir las “insurrecciones” de 1893 y 1905. De esta condición de armador que no descartaba la temeridad callejera, se tomaba la prensa liberal para alarmar a Buenos Aires avisando que “no ha muerto el sistema de Rosas ni su partido ha acabado”. El nervio que dividió por tantos años al país se avivó en marzo de 1877, cuando llegó la noticia de la muerte de Rosas en Southampton. El Presidente Avellaneda tuvo que prohibir la misa que habían organizado los familiares residentes en Argentina, mientras que Mitre promovió un acto recordando a los muertos por el aquel régimen. Hubo incidentes y partidarios mitristas destruyeron el mausoleo de Facundo Quiroga en la Recoleta. En medio de esa agitación reveladora - a 25 años de su caída la simpatía por Rosas seguía siendo amplia y calurosa- el habitual silencio de Yrigoyen sonó con fuerza. No es menos interesante consignar que un primer disenso suyo con Alem -que se convertirá en alejamiento irreversible- se relaciona con la visión de la guerra de la Triple Alianza. Pese a haberse alineado mayormente con las posiciones adversas al mitrismo, Leandro acompañó la participación en aquel conflicto. En cambio, Hipólito, en este punto, fue aún más consecuente con la tradición federal que siempre rechazó la intervención argentina y muy especialmente, la alianza con el Imperio: “¿Cómo quieren que yo me haga mitrista? Sería como si me hiciese brasileño”. Procede aquí recordar que, si Rosas tuvo un enemigo de principio a fin, ese fue el Brasil, a tal punto que 4000 soldados brasileros integraron el denominado “Ejército Grande de América del Sud” que en 1852 entró a Buenos Airespara derrocarlo. En tren de agregar vínculos, se puede acotar que uno de los prosélitos favoritos de Hipólito Yirigoyen -que también llegaría a ser presidente de la nación- fue Marcelo Torcuato de Alvear, nieto del controvertido Carlos María, generalmente citado como Director Supremo de las Provincias Unidas en 1815, pero menos conocido como ministro plenipotenciario del gobierno de Rosas ante los Estados Unidos.

Se pueden enumerar con facilidad similitudes entre Yrigoyen y Rosas, referidas a sus respectivas personalidades. A ambos les gustaba ocultarse, no iban demasiado a salones ni a teatros, desechaban el lujo y compartían una austeridad casi exasperante (la casona de Rosas fue criticada por estar desprovista de ornamentos, casi vacía, y la de Yirigoyen fue considerada impropia de un presidente por su extrema sencillez). Ni uno ni otro gustaban de adornos, pinturas, o mobiliario sofisticado. Ambos eran enigmáticos y exhibían el mismo tipo de astucia política para el manejo de los tiempos y las personas. Tenían un enorme parecido en la parte inferior del rostro, e irradiaban por igual ese raro magnetismo que llegó a provocar la adoración ajena. Ninguno tomaba decisiones sin estudiarlas bien, pero eran igualmente inflexibles una vez que se habían resuelto por una opción. Finalmente, la relación más directa que se pueda encontrar entre ellos remite a un rumor del que Manuel Gálvez se hace eco: Hipólito Yirigoyen podría ser un hijo natural de Juan Manuel de Rosas. La especie también es mencionada, entre otros, por Carlos Orgambide, como una de las calumnias con que el orbe liberal atacó sin pausa a Yrigoyen. Sin embargo, a diferencia de otro tipo de informaciones falsas relativas a su vida privada, cabe preguntarse si la confirmación de un linaje tal -ser el hijo de Rosas- hubiera mellado o incrementado su popularidad. Claro que esta especulación no demuestra nada, y probablemente siga siendo solo una fantasía. Dicho esto, no deja de ser una excelente broma de la historia que resulte fáctica y cronológicamente posible: En su carácter de familiares de los López Osornio -familia materna de Rosas- y dada la pertenencia de Leandro “el turco” Alen a la causa, Tomasa Ponce y su joven hija Marcelina Alem fueron asiduas visitantes de Palermo. Hipólito nació en Julio de 1852, de modo que nueve meses antes, Rosas aún estaba en el poder. En todo caso, e incluso descartando de plano esta última posibilidad, las asociaciones expuestas anteriormente justifican lo que el político rosarino Ricardo Caballero -vicegobernador de Santa Fe en 1912 por la Unión Cívica Radical- le dijo una vez a su gran amigo Hipólito Yirigoyen: “El gran error del radicalismo es el ocultamiento de su origen”.

*(1) Hugo Chumbita “Hijos de la Tierra”

*(2) Álvaro Yunque “Alem, el hombre de las multitudes”

*(3) Pedro Orgambide “Alem, la noche es buena para el adiós”

* (4) Felix Luna “Adolfo Alsina”

* (5) Jorge Abelardo Ramos “Del patriciado a la oligarquía”

* (6) Carlos Ibarguren “La Historia que he vivido”

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