Los gritos de Lila, los silencios de Graciela

Los gritos de Lila, los silencios de Graciela

Sorpresa, ambigüedad y esperanza

4 de marzo de 2026

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Dormida o simulando estarlo, Graciela ocupaba el lugar de siempre en las noches de Fabián: junto a él, volteada hacia el lado externo de la cama en el buen departamento que habían conseguido comprar en la costa. Quince años le dejaban sospechar algunos humores de su mujer. Confiado, aunque no tanto, repasó una vez más en el celular aquel tercer mensaje de Lila. Era la primera vez que estaba ocultando algo importante y sonrió pensando cuánto mejor sería que se tratara de una amante. Pero Lila no lo era. El ventilador de techo, blanco y de aspas anchas, parecía una enorme y alocada mariposa tomada del cielorraso. Por suerte para Fabián y su perplejidad, era un aparato eficaz y discreto para velar el frágil sueño de Graciela. Cualquier cosa la despertaba y especialmente cualquier cosa que se relacionara con él. Calculó que faltaban segundos para el infaltable: “Fabi…dejá el celular, descansá un poco…” Había acomodado las cosas para estar cerca del mar todo enero porque venía escrutando en su compañera silencios y respuestas breves, a veces, demasiado breves. Nunca imaginó que justamente esos días -que supuso distendidos- iban a coincidir con la turbadora aparición de Lila. Lo que estaba pasando no podía ser menos oportuno.

La primera llamada había ocurrido el viernes anterior al viaje. Fabián estaba desarmando la suspensión de una de las camionetas, cuando la recibió. Acostumbrado a nuevos clientes que llegaban por recomendación, nunca dejaba de atender. Propaganda política, venta de autos, ofertas de telefonía, eran el costo de estar siempre dispuesto para un nuevo encargo. Pero esta vez, del otro lado del teléfono, solo le llegaron insultos proferidos por la voz de una mujer joven seguidos de un corte abrupto. No era para nada habitual ni justificado. Fabián era responsable en lo suyo, tenía un equipo chico y aceitado con el que sostenía su pequeña empresa de fletes y mudanzas. A lo sumo una queja por demoras cuando se acumulaban viajes y un mueble dañado por descuido durante el transporte, no más que eso. Lo sublevó especialmente lo de “cobarde”. ¿Cobarde por qué? Fabián devolvió tres veces la llamada sin suerte. Lila -que así dijo llamarse- era alguien que necesitaba confrontar, pero no escuchaba. Primero eligió pensar que se trataba de una persona desquiciada que lo había elegido al azar, pero la segunda llamada -el sábado por la mañana antes de partir hacia la costa- lo privó de esa conjetura. La voz alborotada que soltaba ráfagas de gritos, sabía con inquietante precisión que él, hace dos décadas, visitaba unos masivos bailes de carnaval en Los Hornos, donde se divertía con gusto y conseguía compañías ocasionales. Lila le recordó a una de ellas con nombre, apellido y detalles tan exactos como imposibles de confundir. Fabián, que estaba preparando con unción las cañas y los anzuelos, perdió rápidamente el entusiasmo y empezó a entender quién era Lila, o quien podía ser.

Un paso se abría generoso entre dos médanos altos a los que el viento les peinaba arbustos ásperos y tupidos. La noche campeaba en todo el Tuyú y las últimas luces de San Clemente alumbraban el esforzado ascenso. Al otro lado los aguardaba una oscuridad que confundía el horizonte, solo interrumpida por las linternas titilantes de otros pescadores. Era una hora plena de paz y belleza, pero la luna y la certidumbre, se habían escondido porfiadamente. Mientras Fabián cargaba las cañas y la caja metálica, Graciela, perrunamente a su lado, llevaba las sillas plegables y el equipo de mate. Antes de desenfundar las cañas para armarlas, y sabiendo el daño que podría causar, sintió que no aguantaba un minuto más sin contarle a ella lo que estaba pasando. Le pareció ridículo creer que la noche y la soledad podrían atemperar el impacto de lo que estaba por vomitar, pero igualmente eligió creerlo. El bombazo sobre la cabeza y el alma de Graciela iba a ser doble: Al parecer, Fabián tenía una hija, la misma que ellos habían buscado y no habían podido tener. Los 17 turbulentos años de Lila eran el único atenuante -la historia era anterior a la entrada de Graciela en su vida- pero le pareció tan cobarde empezar la confesión con eso que finalmente se olvidó de aclararlo. No sabía cuál podría ser la respuesta de su mujer, pero solo recibió un primer mate y el silbido nocturno del mar. Durante un rato, Graciela eligió no hablar ni mirarlo. No le hizo ningún reproche, pero flotaban todos juntos en esa ausencia de palabras. Fabián metió los pies en el agua y lanzó con fuerza la línea de fondo, deseando que ningún pique de corvina le quite propiedad al momento. Por fin, ella interrumpió el pesado silencio con una pregunta

  • ¿Vas a darle el apellido?
  • No se Graciela, ni siquiera sé si es realmente hija mía

Lila estaba parando en La Plata en casa de unos tíos, pero le contó a Fabián que había crecido en Isidro Casanova. Hasta allí había llegado por una historia de su madre con un hombre que tenía mucho dinero, pero era necio y violento. La convivencia en aquella casa había sido un infierno. Lila tenía serios problemas emocionales y nunca había podido superar el abandono paterno. La madre se negó durante años a revelarle la identidad de su padre y eso fue motivo de terribles peleas hasta que no pudo ocultarlo más. Se puso furiosa cuando Lila decidió que quería conocerlo y prácticamente la echó de la casa. En el creciente intercambio de llamadas con su probable hija, ella terminó creyéndole a Fabián que no sabía nada de todo esto y dejó de gritarle. Él estaba dispuesto a asumir responsabilidades, pero íntimamente no podía acallar las dudas. Aquella chica con la que había engendrado a Lila tuvo mil posibilidades de contactarlo y contarle lo que pasaba. Vivían a pocos kilómetros, tenían algunos conocidos en común ¿Por qué nunca se lo quiso decir? ¿Por qué no recurrió a él al menos para que la ayudara? Fue una relación muy corta, de semanas, no más. Tal vez los padres de ella no lo aprobaban y decidieron alejarla, aislarla. Pero era muy raro, en aquel medio social Fabián no era desechable, al contrario. Un tipo normal, sano, libre, trabajaba bien, no encontraba las razones por ese lado. Era injusto, sí, pero también extraño. Sin embargo, una cuenta pendiente, la de no haber tenido hijos con Graciela, comenzaba a horadar su indignación inicial. Decidió proponerle a Lila una prueba de ADN y se lo explicó

  • Solo quiero estar seguro y luego vemos
  • Yo también quiero estar segura

Fabián y Graciela acostumbraban a compartir las vacaciones de manera parcial. Por trabajo, él volvía algunos lunes de la costa y regresaba cerca del fin de semana. Ella, que enseñaba historia en colegios secundarios, solía quedarse en el departamento. Ya había hecho amigos en la ciudad y no se sentía sola. Ese domingo fueron hasta Gral. Lavalle, a pocos kilómetros, donde estaba la ancha ría y la desembocadura. Se podía pescar algo a flote adivinando la prolongada fila de médanos que separa al río del mar. Sobre una de las orillas se recostaban pocos barcos pintados en rabioso amarillo y rojo. Graciela quiso pasar primero por el Museo histórico Municipal, ubicado en las inmediaciones del pequeño estuario. Vieron arcabuces, reliquias querandíes, y antiguas piezas de plata. Había tributos al payador Santos Vega, imágenes de próceres nacionales y un dorado busto de Juan Manuel de Rosas junto a un retrato de Manuel Belgrano. “Pensar que fueron parientes” –dijo Graciela- aludiendo al hijo que tuvo Manuel con la cuñada de Rosas. Fabián, que admiraba esas cosas de su mujer, se preguntó de pronto cómo sería una relación entre Graciela y Lila. ¿se terminaría la paz en su casa? ¿se ganaría una cuota de calidez? ¿qué tipo de cosa sería ser padre y que clase de hija podía ser alguien a quien no se conoce? Lo agitaba la idea de empezar a desear algo tan diferente a lo que venía viviendo, pero no necesitó mucho para entender que era expectativa natural. Tal vez se acercaba a algo secretamente deseado. Ideas y figuraciones le hervían en la cabeza. El piso de su vida se movía como por efecto de un sismo. Tomó una resolución, en parte porque quería aclarar el asunto y en parte para forzar la reacción final de su mujer, ya fuera favorable o negativa.

-Mañana voy a La Plata y vuelvo el jueves

- ¿hay mucho trabajo?

- No, no es por trabajo, voy para hacer lo del ADN, quiero definir esto de una vez

- Esta bien, pero andá tranquilo y que sea lo que tenga que ser, Fabián, yo siempre voy a estar

En el viaje a La Plata, se reprochó no haber sido más agradecido y afectuoso con Graciela. La creciente ansiedad por saber la verdad fue tomando, poco a poco, el sabor de una ilusión. Lo alentaba el último gesto de su mujer. El martes se encontraron por fin en el laboratorio con la que podría ser su hija. Los dos estaban cohibidos, temían defraudarse, ser menos de lo que el otro esperaba. Lila era todo nervio y quebranto. Delgada e informal. El pelo corto y los jeans gastados. De tez pálida, con unos ojos negros y determinados que espiaban el mundo con suspicacia.Su fisonomía entera parecía clavar ángulos y era como ella, punzante. Por las mismas razones a Fabián le pareció que era fuertemente atractiva, porque suscitaba enigmas a resolver y resistencias a licuar en su porte magnético y a la vez, intimidante. Fabián, a sus 45 años, parecía mayor. Vestía sin mucho esmero en tonos marrones, incluyendo una campera color camello sobre una camisa de cansado tono beige. El pelo largo, más por comodidad que por gusto, la barba candado un poco desordenada y un tono lánguido que le gobernaba el paso. Pensó que iba a resultar un hombre viejo e insulso a la vista de Lila sin sospechar que desde el primer momento le transmitió una paz largamente anhelada. Casi no hablaron luego de saludarse, pero ambos supieron muy pronto que deseaban el mismo resultado. Fabián no era un optimista, pero no conseguía evitar una visión casi idílica. Una vida de a tres, con Graciela cuidando de Lila y sus problemas, atendiéndola, o ayudándola a estudiar algo. Pensando en su mujer como madre no pudo dejar de emocionarse. Seguro que lo iba a hacer bien o mejor que bien. Aguardaban el turno en la sala principal del laboratorio. Cada tanto, Lila salía al patio interior –donde el sol era mortal a esa hora- para encender otro cigarrillo. Volvía a sentarse y activaba frenéticamente el celular. Llegó el técnico para hacer las tomas: cabellos y muestras de saliva en algo transparente y tubular que fue acomodando con cuidado sobre un recipiente blanco. A Fabián le llamaron la atención ciertos destellos azules del instrumental sintético y con esa visión se fugó por un instante de su propia ansiedad y de un abanico de prevenciones. Pese a la incomodidad por la extracción de la prueba, ambos rieron y se dispusieron a esperar. “Media hora, cuarenta minutos” dijo el hombre. Fabián había pagado el examen súper urgente, que, al no ser de origen judicial, salía más caro. Estuvo a un tris de proponerle a Lila que fueran juntos a hacer la espera en un bar cercano, pero algo lo detuvo. Tuvo miedo de conocerla.

  • Bueno, Lila, nos vemos en un rato
  • Sí, nos vemos

Llovía ese largo jueves sobre la ruta 36. Los talares que preceden al paraje policial de Cerro de la Gloria, se repartían el espacio ralo y salitroso que copia los tramos finales del río. A Fabián le gustaba mirar esos márgenes mientras conducía. Faltaban más de 100 kilómetros para llegar. Graciela ya sabía el resultado, él se lo había adelantado por teléfono el mismo martes a la noche. Cruzó con rapidez el empalme con la ruta 11 en la esquina de Crotto. Siguió acelerando, pasó la entrada a Gral. Conesa y la salida que se desvía hacia Gral. Madariaga a buena velocidad. Cuando un cartel le indicó que faltaba muy poco, levantó suavemente el pie del acelerador y comprendió que tanto apuro no tenía sentido. No iba a encontrar en el departamento nada que no supiera: Graciela iba a estar tan decepcionada como él. Finalmente, ella también deseaba el otro desenlace. Reparación, sustitución, reemplazo, o como se llamare, los problemas inherentes al caso los hubiera preferido a tanta ausencia de ese tipo de problemas. El amor le salía fácil a ella. A Fabián, en cambio, lo avergonzaba un poco haber saltado con rapidez de la ilusión más candorosa a un alivio mezquino cuando leyó al pie del informe que, con un 99,99 por ciento de certeza, la chica no podía ser su hija. No lo avergonzó menos el no saber qué hacer o qué decir cuando Lila se largó a llorar. Ahí fue ella la que no quiso seguir tratándose con él. Se despidió secamente, soltó apenas un “gracias” sin pedir disculpas por los exabruptos ni las molestias. Fabián repasó una vez más ese momento mientras iniciaba el giro a la izquierda en la rotonda de entrada a San Clemente. Buscó el celular en la consola de la camioneta y miró la hora en la pantalla. Se acercaba la noche. Pasó el ultimo semáforo y estacionó sobre la avenida central justo frente al edificio. El departamento estaba en el quinto piso. Ubicado a pocas cuadras de la playa, tenía una vista agradable, especialmente a esa hora. Por la ventana del comedor se podía ver una franja del mar, las altas copas de los árboles del vivero municipal y el collar de luces que animaban las serenas calles. Recordar eso lo reconfortó. Apagó el motor y bajó del auto profiriendo un suspiro profundo

- Gra, ya estoy en la puerta

- ahí bajo Fabián

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