Mis años contra el mar
Estelas de la exclusión
31 de marzo de 2026
Apenas me separa de mi madre la mesa de porcelana que Michael compró cuando estaba bien. Es extraño tenerla aquí, sentada de espaldas al balcón de este tercer piso por donde se cuelan los reflejos rojos de la iglesia de Haven City. No me mira y dilapida palabras como si fuera natural que volvamos a vernos luego de 16 años. La última vez fue en Argentina, en la casita de la costa, cuando caí tan enfermo. No reconozco nada entrañable en su figura algo obesa y agresiva, y no me agrada su énfasis banal. En los cuatro días que lleva aquí no hemos hablado de nada importante. Ignora que aquellos años en Santa Clara del Mar me hicieron tempranamente sabio. A mis 39 años ya no espero resarcimientos, explicaciones o disculpas. Tampoco tengo la expectativa pueril de que ella haya cambiado, pese a que el tema que nos alejó tenga hoy un tratamiento diferente. La mañana es diáfana sobre Ann Street y un tímido sol acaricia el frío nevado de diciembre. Le propongo recorrer por la tarde los diques de Inner Harbor y ella asiente sin pensar porque desea seguir hablando. Simulo escucharla notando que sus ojos retenidos, las mejillas que parece que fueran a estallarle y sus labios desconfiados, volcados hacia afuera del rostro, la detienen en una vulgaridad elegida. Eso nos aleja más que el tiempo, la ausencia o el desapego. Computando las horas que estamos perdiendo juntos confirmo cuánto hubiera preferido que no venga, pero no quiero más daño para ninguno de nosotros porque al daño lo conozco bien. Este capricho de mi madre, venirse hasta Baltimore para verme, representa una visita más absurda que tardía. No le he preguntado por papá -que murió hace más de un año- ni ella me pregunta por Michael pese que sus ojos recorren sin disimulo nuestro departamento como buscando a otra persona. Le miento que él se encuentra en Londres por unas jornadas y ella amaga a pronunciar algo. De acuerdo con mi mundo, Michael es con quien debería sentirse en deuda, mucho más que conmigo.
En mi niñez fui uno de los varones que no jugaba al futbol, pero ese no era el problema. Adrián, mi hermano menor, no solo jugaba, sino que lo hacía muy bien. Lo habían fichado para un equipo de la Liga platense. A cambio, yo brillaba en el colegio, mis notas eran inmejorables y a los 16 años hablaba y escribía en inglés como si hubiera nacido aquí. No era suficiente para papá, que tenía buen corazón, pero era pusilánime. Intentaba mostrar orgullo por mis resultados, pero no le salía bien. Sus felicitaciones sonaban formales, distantes. Estaba fascinado con mi hermano, lo llevaba y lo traía del club, iba a ver todos los partidos que jugaba. Adrián era su hijo, y yo también, dicho así, como añadidura. Las preferencias a favor de Adrián se volvieron groseras cuando mi principal diferencia con él se hizo evidente e irresoluble. El tratamiento del asunto fue firme: no se iba a hablar de eso. Era una resolución puertas adentro, hacia afuera la preocupación pasaría por negar lo que todos comentaban. Corrían los edulcorados años 80, se agotaba la dictadura, pero le sobrevivían con salud muchas fobias y prejuicios. Nos aproximábamos al final del secundario en las vísperas del verano cuando mi suerte iba a cambiar para mal: Papá y mi madre, que no solían dedicarme largas charlas, dijeron que tenían que hablar conmigo. Nos juntamos en el comedor de casa sobre aquellos sillones de paño azul oscuro que pocas veces se usaban. Siempre lo asociaba con juegos de la niñez, porque era el lugar donde desenvolvíamos los regalos de navidad. La situación parecía amable, pero era densa. Tomó la palabra papá, lo cual bastó para darme cuenta de que ella había planificado todo. Con argumentos esmerados explicó que me convenía ir a estudiar a Mar del Plata, entre otras razones, porque podría vivir en la casita que la abuela nos había dejado en Santa Clara. Papá idealizaba mi futura estancia allí como si fuera un privilegio, pero en realidad me estaban echando de casa. Hice mi mejor esfuerzo para no verlo, supuse que se conformarían con ocultarme. Había aprendido a verme a mí mismo como un problema y de este modo –pensé- seguiría teniendo una familia sin causar molestias. Recibí la propuesta con mansedumbre. Temía algo así de mi madre, pero no lo esperaba de papá.
Hasta allí, la casita de Santa Clara había sido un sinónimo de lo festivo. El sol de enero, las sombrillas, los barrenadores, los churros, y papá de buen humor jugando a la paleta. Mi madre, que todas las tardes después de la playa, me acompañaba hasta la librería de usados donde elegía alguno que devoraba por la noche para volver al día siguiente en busca de otro. ¿Cuándo dejó de acompañarme mi madre? No lo sé, pero entonces tenía paciencia, me dejaba revisar todos los estantes y se veía satisfecha diciendo a la vendedora que no envuelva el libro porque yo iba a empezar a leerlo apenas saliera a la calle. Ella me quiso, pero después ya no pudo.
Se iba terminando aquel magro diciembre. Hicimos el viaje a Santa Clara en auto y llevamos todo lo que podía necesitar. La casita de la abuela estaba a unas pocas cuadras del mar, era sencilla y cálida. Unos 60 metros cuadrados definidos por paneles de hormigón revestidos. Dos habitaciones, una de las cuales -la que daba a la calle- podría funcionar como escritorio. En los barrios próximos al mar no había muchos árboles, pero el terreno tenía en el fondo dos viejas ligustrinas que se habían descontrolado y obsequiaban algo de sombra. Hacia la calle, se alineaban unas azucenas que las hormigas se empeñaban en destruir, y flanqueaban la entrada dos dracenas altas y floridas. Adoraba aquella casa, pero nunca la había experimentado a solas. Había una vecina, Delia, que vivía todo el año en la ciudad. Me encomendaron a ella para cualquier problema -así dijeron- y me avisaron que usaríamos su teléfono de línea para comunicarnos. Mis padres volvieron a La Plata ese mismo día y recuerdo bien la primera noche porque fue difícil.
Ya instalado, me consolaba que faltaran pocos días para terminar el año. Delia, una buena mujer, se limitaba a saludar y preguntar de vez en cuando si necesitaba algo. No me importó porque como todas las temporadas, mi familia vendría -incluido mi hermano- a pasar las fiestas y quedarse la primera quincena de enero. Luego, harían alguna escapada breve cuando yo ya estuviera haciendo el curso de ingreso para la carrera de Diseño. Aprendí que podría trasladarme a diario en el 221 que se toma en la avenida Acapulco, a pocos metros de la casa y recorre la costa hasta el faro marplatense. Intenté sentirme mejor. Pocos días después, llamó mi madre al teléfono de Delia para avisar que no podían venir por problemas en el trabajo de papá. Era evidente que él no se animaba a mentir tanto. Empecé a entender que me estaban abandonando allí.
Mis padres solo me harían visitas fugaces porque yo los avergonzaba y a mi hermano, seguramente, ya no iba a volver a verlo. La casita se fue convirtiendo en un refugio obligado, pero refugio al fin. Me gustaba cuidar las plantas, regarlas y quitarles las hojas secas. Tenía el césped bien cortado y Delia me prestaba una tijera de podar. Terminada la Semana Santa -que aquel año cayó en abril- la gente comenzaba a desaparecer de Santa Clara. Muchos negocios cerraban y no volvían a abrir hasta mediados de noviembre. Iba poco y nada hasta el mar. En verano, porque añoraba las vacaciones en familia y a partir del otoño, porque el frío y el viento se adueñaban de las playas sumando una nota de tristeza. Mis padres me enviaban poco dinero y los materiales para las prácticas eran caros. Iba mensualmente hasta la estafeta a retirar los sobres que venían con una carta de mi madre. Decía casi siempre lo mismo y solo me preguntaba por la facultad. Mis respuestas, también eran las mismas y no les comentaba que no podía cubrir los gastos. Ya era un problema solo por ser y me negaba a serlo también por necesitar. Me propuse no rendirme. Ahorraba en comida y en ropa de manera obsesiva. Comía cereales y verduras, había perdido casi 20 kilos. Empecé a volver caminando desde Mar del Plata para reducir costos. Eran 18 kilómetros. Lo peor era cruzar frente a las hamburgueserías. Hubiera muerto por comer una. En uno de los regresos a pie -que me tomaba casi dos horas- me sorprendió una lluvia repentina. Llegué empapado y congelado. A la mañana siguiente tenía mucha fiebre y congestión, me quedé en la cama. No quise llamar a Delia, me acosté confiando en recuperarme, pero a la fiebre se le sumó un fuerte dolor en la espalda cuando respiraba. Fueron tres días empeorando hasta que la vecina golpeó a la puerta. No pude levantarme de la cama, donde temblaba envuelto en mis propios orines. Delia tuvo que hacer saltar a un hombre por la medianera para que entrara a la casa por atrás y le abriera.
Mi vecina llamó de urgencia a La Plata, me hizo beber mucha agua, me limpió, me cambió las sabanas y la ropa. Por la tarde llegaron mis padres. Papá entró a la pieza y me aferró con fuerza, se echó a llorar como nunca lo había visto. Pensé que tanta culpa iba a minar su salud. Me internaron en una clínica de Mar del Plata y en un par de días comencé a recuperarme. Mi madre me cuidó y estuvo todo el tiempo, pero no se guardó reproches: que no me abrigaba ni me alimentaba bien. Ella siempre elegía no entender. Me dieron de alta y fuimos en el auto a Santa Clara. Cuando llegamos a la casita, mientras bajaba mis cosas, vi que papá y mi madre discutían acaloradamente en el auto para que yo no los escuchara. Fue entonces cuando sucedió algo curioso: de golpe, temí que estuvieran pensando en llevarme nuevamente con ellos. Me invadió una fuerte determinación de no aceptar esa propuesta, si me la hicieran. Mi suerte no era buena, pero era mía. Sentí casi con euforia que no quería volver con ellos. En adelante, mi nueva familia sería el azar. En definitiva, yo no tenía la culpa de nada. Permanecí dos años más en Santa Clara estudiando diseño en Mar del Plata e informática en casa. Me enfocaba en los estudios y me abstenía de ir hasta el mar, como si allí me aguardara el pasado con un gesto hostil. Casi no tenía vida social, no iba a fiestas ni a reuniones. No me animaba a invitar a nadie a mi casa desprovista de casi todo. Fueron años secos en los que no me daba cuenta de que era un fantasma, una especie de máquina movida por inercia. Todo cambió cuando apareció Michael. Él fue la bisagra, a su lado conocí el sexo y el amor, la diversión libre de sombras y el diálogo valiente. Aprendí a quererme porque al fin era importante para alguien. Michael me despertó a la vida.
Luego de aquella increíble semana juntos en un hotel de Mar del Plata, Michael tuvo que regresar a EEUU dejándome su inquietante propuesta. No tuve ni una sola duda. Me quedé en Santa Clara lo necesario hasta conseguir el pasaporte y la visa. Abandoné la carrera de diseño y dejé de contestar las mecánicas cartas de mi madre. Vendí la cocina, la heladera, el lavarropas, la cortadora de pasto, la medallita de oro y mis libros. Compré el pasaje. Una dichosa mañana le entregué a Delia las llaves y le dije que me iba por unos días. Nunca volví. Fui a encontrarme con Michael en Baltimore y comencé a trabajar con él en su negocio de provisión de hardware que marchaba bien. No escribí más a La Plata y supe que ser feliz era algo posible, incluso para alguien como yo. Así pasaron algunos años, los mejores de mi vida. Tras la muerte de papá, mi madre agotó todo para tratar de ubicarme. Compañeros de facultad, gente de Santa Clara, la pobre Delia que no sabía nada. Finalmente, a través de las redes, me pudo encontrar. Hace unos meses recibí su primera carta en la que se cuidó bien de hacerme el más mínimo reproche. Mi hermano agregó unas líneas poco convincentes. Junto con mi respuesta le envié el dinero equivalente a las cosas que había vendido para venirme. Insistió en rechazarlo, pero me negué. En un mensaje posterior comenzó a contarme la vida de Adrián. Que se había casado, que tenía una hija, mi sobrina, que se aproximaba su fiesta de los quince años. Ella y mi hermano –según lo que escribió- querían que estuviera presente. Fue en la tercera carta donde mi madre me anunció que iba a viajar para verme y que, aunque yo no quisiera, iba a venir igual. Sabiendo que no tenía opción, traté de ser amable. Le dije que la esperaba.
Mi trabajo actual puedo hacerlo desde el departamento. Con los años me fui volcando hacia el software y hago servicios de mantenimiento de programas para comercios y empresas. A veces no doy abasto. Me resulta difícil concentrarme mientras mi madre está en otro ambiente de esta misma casa, pero no puedo parar porque los clientes me califican y dejan comentarios en nuestra página web. Los tiempos pactados y la puntualidad son muy importantes. Ella mira televisión –aunque no entiende inglés- o prepara algo de comer como en mi niñez, pero las cosas son abismalmente distintas. Ayer salimos a recorrer los muelles del puerto, a ver los pocos hitos de la ciudad. Los famosos barcos de la guerra de la independencia americana y el de la segunda guerra mundial, ambos anclados a pocas cuadras. No hay muchas más notas de interés por aquí, salvo que se compute el grado de criminalidad, el más alto por ahora del país. Mi madre caminaba por estas calles desconcertada, en Baltimore la mayoría de la gente es de color, y creo que tuvo todo tipo de temores hasta llegar a casa. Volvió a insistir con el cumpleaños de 15 y el reencuentro con mi hermano. ¡Mi hermano! No lo podía creer. Nunca se preocupó por mí, no me preguntó nada ni antes ni después de que me desterraran. Usufructuó sin pudor todas las ventajas de quedar como el único hijo real. Acaparó el afecto y la atención de mis padres, y tengo para mí que compartía secretamente el desprecio que otros me manifestaban de manera abierta. Caminé junto a mi madre callando todo esto. También renuncié, durante estos cinco largos y tensos días, al arsenal de preguntas que tengo en el gatillo: ¿Ahora vamos a ser de nuevo una familia? ¿Aquí no ha pasado nada? ¿Mi sobrina, a la que no pude cuidar, ni jugar con ella, ni llevarla al cine, me quiere conocer? ¿Mi hermano de veras desea verme? ¿Tiene pensado reintegrarme algo? ¿Debo participar en sus ceremonias familiares cuando él jamás me preguntó por Michael? Entramos en silencio al departamento, comimos la pizza que compré de pasada y nos fuimos a dormir temprano. Me complació haber sido capaz de callarme.
Veo a mi madre preparando la valija. Voy a alcanzarla hasta el aeropuerto en la camioneta que tanto la colmó de admiración, como si fuera mi logro más importante. Seguramente, en la despedida, me va a saludar como a la llegada: un solo brazo sobre mi hombro y un beso lateral. Le voy a prometer que iré a esa grandiosa celebración para que no insista más. Parece que ahora soy presentable. También le voy a mandar saludos para Adrián sabiendo que no va a captar la ironía. Observo mejor la foto de mi sobrina. Es bonita y radiante, tiene un largo pelo lacio y una mirada vivaz. Mi madre me abruma con comentarios sobre los detalles de la fiesta a la que no voy a ir, y mientras la escucho noto con cierta perplejidad que pervive una parte mía que tiende a consentirla y obedecerle como en los dolorosos tiempos. Está muy claro –aunque ella no lo quiera ver- que ya no podemos ser una familia que me incluya, ese momento pasó y esa oportunidad se perdió. Ahora veo como mi madre amarra obsesivamente su valija mientras se despide agitando tontamente la mano desde la amplia sala de embarque. Aliviado, vuelvo al parking para iniciar el regreso a Baltimore. Me quedó bastante trabajo pendiente y tengo que enfocarme en eso.