Guerra de la Triple Alianza

Paraguay antes del futbol

viaje al pasado inducido por un libro

21 de julio de 2026

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Hace muchos años, cuando visité la provincia de Corrientes, me detuve unas horas en la capital y seguí por la ruta 12 hasta alcanzar Posadas, ya en Misiones. En el trayecto -preocupado por llegar a horario- ignoré la entrada a Paso de la Patria. Luego lo lamenté no solamente por la amplitud de sus playas tendidas sobre el Paraná, sino por la connotación inscripta en su bellísimo nombre. Efectivamente, allí acamparon y desde allí cruzaron en 1866 las fuerzas aliadas argentinas, uruguayas y brasileras para entrar en territorio paraguayo y remontarlo hasta las proximidades de Humaitá, donde el Mariscal Francisco Solano López tenía su cuartel general. Fue un escenario privilegiado de la llamada guerra de la Triple Alianza (1866-1870) y la antesala de su episodio más terrible. Me hubiera gustado acercarme a la ribera para imaginar la marcha de los ejércitos en ese lugar que hoy apenas conserva la memoria de tanta vida malograda. Mirando la otra orilla, también podría preguntar con ese vértigo que a veces me visita ¿Tantos murieron para que hoy a casi nadie le importe? Entre aquel tiempo de la pasión y este de la indolencia, en ese hiato de 150 años argentinos ¿Alguien se ha encargado de procurarles sentido a esas muertes? ¿O tal vez no se dice, pero se considera natural que muchos se inmolen tempranamente por intereses y decisiones de pocos?

Nunca fue sencillo determinar si aquella guerra fue apadrinada por Gran Bretaña para someter a un país -el Paraguay- que se negaba a endeudarse y comenzaba a desarrollar un incipiente perfil industrial, como lo quiere José María Rosa -fuertemente documentado- o si fue, como predica la historiografía oficial argentina, una defensa de la soberanía ante la temeraria decisión del Mariscal López de invadir Corrientes para intervenir en la situación política uruguaya. Allí el líder colorado Venancio Flores -con inocultable apoyo de Buenos Aires- había depuesto al Presidente legítimo Bernardo Berro, del partido blanco. Ese golpe borraba del mapa -ante la defección del crepuscular federalismo urquicista- al último aliado del Paraguay.De esto último se toma Juan Bautista Alberdi, en sus artículos sobre el tema, para explicar el origen del conflicto en términos geopolíticos, dada la urgencia de López por mantener el equilibrio en el Rio de la Plata. El tucumano -largamente enfrentado con Mitre- dijo que, si la historia había hecho de López un déspota, la geografía lo había convertido en un libertador. Hoy es tan fácil encontrar paraguayos que le reprochan al Mariscal el haber desatado y llevado al límite una guerra que destruyó finalmente al país, como argentinos que consideran a Mitre casi un genocida. Lejos de mis posibilidades está el hacer aportes a este tema, siempre tan doloroso e inagotable, como fascinante.

Muchos años después de la excursión que hice por el litoral argentino, una circunstancia impensada agita mi curiosidad. Invitado por un familiar llego a una casa de la costa bonaerense que posee una breve, pero valiosa biblioteca. Por el tipo de temas y autores, calculo que la dueña es consciente de la riqueza arrobada en estos estantes. No termino de bajar mi equipaje cuando ya estoy revisando los libros, uno por uno. Es una maravilla. Hay una colección de 22 tomos con tapa dura roja titulada “Grandes Escritores Argentinos” publicada por Ediciones Jackson. La última página me informa que se hicieron en la Imprenta López, sita en la calle Perú 666 de Buenos Aires. No consigo distinguir el año, aunque lo supongo propio de la década del 60. Contiene, entre otras cosas, los “Escritos de Juventud” de Alberdi, los “Retratos” de Lucio V. Mansilla, o la “Campaña en el Ejercito Grande” de Sarmiento que con gusto volvería a leer, aunque el tiempo que vamos a estar aquí no me lo permitiría. Un tomo entero está dedicado a las cuestionadas publicaciones de Rivera Indarte, bajo el oblicuo título “Opositores a Rosas” que intenta justificar su inclusión. Pese a la confesa orientación liberal del material seleccionado, no dejo de añorar los tiempos en que el público compraba con naturalidad este tipo de colecciones ocupadas en tópicos históricos y culturales que nos atañen. Una hermosa “Historia de México” en tres gruesos ejemplares se suma a la frustración de no poder revisarla justo ahora que estoy leyendo “La Sombra del Caudillo” de Martin Luis Guzmán. Es curioso, traje libros y traje el lector digital que guarda decenas de textos, pero ahora necesito robarle alguna lectura a esta biblioteca. Busco alguna que pueda concluir en dos días y en el estante más bajo, un libro me llama la atención justamente porque se hunde entre los otros con su lomo ya ilegible y a punto de despegarse, como si evitara ser advertido. He aprendido en las librerías de usados que esos son los que no hay que dejar escapar. Lo saco con cuidado y me emociono: se trata de “Humaitá”, texto de Manuel Gálvez que fue publicado en 1929 y forma parte de una trilogía dedicada a la también llamada “guerra del Paraguay”. Es un libro que alguna vez tuve y jamás recuperé, como suele ocurrir. Egoísta desde siempre, celebro que siga lloviendo para apoltronarme en un sillón y leer durante todo el fin de semana. “Humaitá” tiene dos particularidades interesantes. La primera y muy propia de Gálvez, que también comprobé en su “Vida de Hipólito Yrigoyen” es una capacidad para narrar lo histórico desde todos los niveles de protagonismo, de una manera familiar y envolvente. En este caso, me puedo asomar a la intimidad del acampe militar de las tropas argentinas, donde los diálogos entre los soldados reflejan la cara profana de la guerra, lejos de las grandes especulaciones intelectuales sobre sus causas, desarrollo y consecuencias. Puedo escuchar al hombre largamente alejado de su mujer y sus hijos a la espera de una nueva batalla o el fin de la guerra, circunstancias sobre las que no tendrá él la menor incidencia. Sin embargo, pone su vida -no siempre con la convicción que pretenden los relatos- a expensas de las malas o buenas decisiones de los comandantes. Del lado argentino, a la consabida resistencia a luchar junto a brasileros “imperiales” contra un pueblo considerado hermano, se le suman las terribles dificultades de la campaña. Calor insufrible, insectos, víboras, pantanos y montes casi imposibles de cruzar portando elementos de logística, o peor, de artillería. El cruce de peligrosos ríos a nado llevando de las riendas a caballos en pánico, la comida escasa, las infecciones provocadas por espinas y alimañas, las muertes por enfermedad y el desaliento manifiesto en las frecuentes deserciones que se castigaban con el fusilamiento para que no aumenten. Del lado paraguayo, un idéntico calvario, sumado la sensación de pelear orgullosa pero inútilmente contra el avance de tres poderosos países en su contra. La leva de hombres de 15 o 16 años ante el callado dolor de sus madres y hermanas obligadas a decirle a los reclutadores que es un honor sumarse a las huestes del Mariscal por temor a las represalias. Temor que no era mayor, para mujeres y ancianos, al de ser tomados prisioneros por los “cambá” (brasileros) y ser trasladados a un país donde la esclavitud todavía era legal y lo seguiría siendo hasta 1888. En menos palabras, a ambos lados se vivía ese infierno que, como predicaba Schopenahuer, no es necesario morir para conocer, porque ya está entre nosotros.

Todo esto ya era así, antes de la peor jornada del conflicto, el fallido asalto a la fortaleza de Curupaytí. Aquí la narración de Gálvez consigue estremecer: La construcción defensiva diseñada por el ingeniero militar austriaco Francisco Wizner de Morgensten, ubicada a 5 kilómetros de Humaitá, era casi inexpugnable.Solo la trinchera del fuerte formaba una red de casi dos kilómetros de largo, con profundos fosos, parapetos de tierra y los tremendos “abatíes”, líneas de troncos de árboles cortados en punta. Todo el dispositivo era un camino a la muerte y así lo confirmaron los más de 8000 cadáveres que quedaron hundidos en un barreal sanguinolento, mientras que los paraguayos, desde una posición dominante, sufrieron apenas un centenar de bajas. Gálvez escoge detalles escalofriantes de los intentos suicidas del abordaje al fuerte y anécdotas conmovedoras como el retiro de los restos humanos, entre ellos el de Dominguín, hijo de Sarmiento, o la insistencia de los generales para persuadir a Mitre de que detenga el ataque a la vista de una derrota tan costosa e irreversible. Aunque el texto no lo detalle, si bien a la larga el Paraguay fue totalmente devastado, Curupaytí les impuso a los aliados una pausa de 10 meses sin movimientos militares y logró prolongar la guerra por tres años más hasta 1870. Pero tal vez lo más rico de “Humaitá” se encuentre unas páginas antes de esta catástrofe militar y humana: Hubo un momento de tibia esperanza para los hombres comunes de ambos bandos y fue el encuentro del 12 de Setiembre de 1866, 10 días antes del demencial ataque. Tuvo lugar en Ytaty Corá entre el Generalísimo Bartolomé Mitre, jefe de las fuerzas aliadas, y el Mariscal Francisco Solano López, jefe supremo del Paraguay. Con la misma maestría con que detalla la incertidumbre cotidiana del soldado, Gálvez describe el dialogo entre ambos jefes y el contraste psicológico de dos hombres diferentes en situaciones muy diferentes. Un escritorio a la sombra de un árbol, dos sillas y el sequito de ambos jefes a la distancia justa para no escuchar lo que se habla. López necesita la paz con más apremio que Mitre, pero hay condiciones que no puede resignar: que Argentina se retire del conflicto para que lo resuelven a solas Paraguay y Brasil y que se reponga al gobierno blanco en el Uruguay. Es un López más sanguíneo, tendiendo a perder progresivamente la calma, el que expone este reclamo, mientras que Mitre, adusto, se repliega en un sereno formalismo para explicar que actúa por mandato de las tres naciones y no está autorizado a negociar nada que no sea la renuncia definitiva del propio Mariscal con la invitación a que pase sus próximos años en Europa como máxima concesión. El tratamiento que Gálvez le da a Mitre lo inclina al perfil del hombre racional que invoca la “libertad” del pueblo paraguayo como objeto central de la ofensiva aliada. También se lo puede ver como un refinado ejercicio de cinismo ya que a la postre, la caída del dictador significó para el Paraguay, entre otros daños irreparables, la perdida de enormes porciones de su territorio. La escena se completa con el plano visual: Físicamente inflamado, López luce un impecable uniforme militar de gala, mientras que Mitre, austero y con su irrenunciable chambergo gris, encarna la oposición del sencillo y razonable “hombre de leyes” frente al tirano ostentoso e infatuado. Una curiosidad de este autor que se inscribe claramente en el revisionismo histórico de cuño católico, es cierto cuidado de la figura de Bartolomé Mitre. Compruebo en este punto que su versión respecto al manejo de la declaración de guerra de Paraguay tiende a absolver al presidente argentino. Mitre siempre acusó a López de haber ocupado Corrientes sin dar aviso ya que el comunicado llegó recién el 3 de mayo de 1866. López refuta que la declaración ya estaba en Buenos Aires el 13 de abril. José María Rosa, entre otros, afirma que la demora fue obra de la perfidia de Mitre para acusar al Paraguay de traición y encender la furia popular. En el dialogo de Ytaty Corá obrante en “Humaitá”, Mitre le dice a López que el encargado de llevar la comunicación dilató la entrega porque era un jugador de bolsa que hizo buenos negocios manejando esa información. Es evidente que Gálvez cree verdadera la especie, porque pinta a López contenidamente indignado ante la respuesta de Mitre, como si el jefe paraguayo también le diera crédito. Aquí también tengo poco para sumar. Sin embargo, la belleza literaria del segmento se retroalimenta en la totalidad del texto. Impedir el horror que va a desplegarse 10 días después de la fallida entrevista, fue algo que, durante unas horas, habría estado en manos de dos personas. Semejante tensión desborda el texto, aunque también deja vivir la posibilidad de que la cumbre haya sido vana desde el principio: López, envanecido y patriarcal, llamado alguna vez por sus aduladores el “Napoleón del Plata”, confundía su persona con su propio país y prometía “morir junto a su pueblo”, cosa que –debe reconocerse- finalmente cumplió al caer lanceado en Cerro Corá. Lo que su empecinamiento y valentía le hayan costado al Paraguay, es otra cuestión. Mitre, de ser ciertas las imputaciones de sus críticos más severos, ya tenía decidida la invasión y por ese motivo le ponía a López una condición que el paraguayo no podía aceptar. En la fluidez con que Gálvez se desplaza entre las intimas vivencias del soldado y las altas disyuntivas de la política, la lectura de “Humaitá” me conmueve de nuevo con esa desproporción entre los que pocos hombres deciden y lo que miles de ellos padecen como consecuencia. Así como no se frecuenta mucho el conocimiento de este conflicto histórico, tampoco suele divulgarse demasiado la estatura literaria de Manuel Gálvez, admirado por grandes autores europeos, traducido a varios idiomas y tres veces candidato al premio Nobel. Entusiasmado por mi reencuentro inesperado con este libro, tomo el celular y llamo a un amigo que comparte el interés por estos temas, aunque lo hace con más rigor y desde una visión política más definida. Le comento mi hallazgo, le explico que no lo puedo compartir porque no me atrevo a llevármelo de aquí, y le aviso -probablemente para su pesar- que pienso escribir algo sobre esta experiencia de lector. El me suelta una respuesta que transcribo con gusto: “…a ver si ahora nos creemos buenos porque alentamos a Paraguay en el mundial, si todavía no les hemos pedido perdón…” Más para seguir hablando con él que para disuadirlo, le recuerdo que el Presidente Perón, en 1954, les devolvió a los paraguayos los trofeos de guerra, cañones, banderas y armas. “¿Ah sí? Mirá que bien… ¿y por qué no aprovechó para devolverles la provincia de Formosa? ...”

Paso de la Patria, me gustaría ir hasta allá. Este último año se sumado un grato motivo para completar ese viaje, un cálido amigo correntino con quien compartimos en 1978 el servicio militar y con el que nos hemos reencontrado por las redes sociales (tal vez lo único bueno que tienen). Podría recorrer ese generoso paisaje evocando las bellas descripciones que hace Gálvez y tratando de intuir las terribles resonancias de aquel tiempo que sólo se adivinan en el encuentro casual con una biblioteca casi abandonada.

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