Mar del Plata

¿Que indagaba el protagonista cuando el autor decidió que muriera?

Una historia oculta y una desocultada

30 de enero de 2026

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“1947”. El protagonista alcanzó a divisar la fecha en el pedestal de la imponente estatua mientras caminaba por ahí apremiado, como siempre, sin motivo. Era un hombre que lo hacía todo rápido y casi todo mal. Incluso su puntualidad -de la que se ufanaba-era absurda por lo exagerada (Sepa el lector que se trata -el personaje- de un hombre totalmente desprovisto de rasgos notables y que debe -o podría- tener entre 60 y 80 años, lo que para el caso es lo mismo. Solo comparte con autor gestos o prejuicios sin que necesariamente se lo deba ver como un alter ego suyo, o al menos eso es lo que el autor preferiría). Situado ya al otro lado de la calle que separa al monumento del centro comercial sintió unas ganas rabiosas de volver sobre sus pasos. (Aquí el autor hubiera sido más preciso - y más honesto- si hubiera escrito que lo que asaltó al protagonista fue un “mandato” de origen escrutable: Década del 50, apogeo de Perón, escultura en el ingreso al puerto, todo eso le hizo pensar que allí podía haber “algo”). Plantado en el lugar, a sus espaldas quedaron los maquinales ruidos del puerto. La tarde se presentaba en una diversidad de grises, pero una brisa con resuelto olor a factoría la volvía amable y digna de unas vacaciones. Se detuvo a admirar los 5 metros de reluciente mármol que erigían la obra, y decidió regresar. La maniobra era sencilla, solo debía cruzar esa colectora no demasiado agitada. (El autor admite el abuso descriptivo para pincelar la inminente tragedia -ya anunciada en el título- y que toma esa opción por no haber dicho suficientemente que el protagonista es alguien casi cómico en su torpeza, uno de esos que se equivocan físicamente por ansiosos y se caen sin causa en medio de la vereda, rompen un vaso mientras lo están lavando o se llevan por delante una silla cuando entran a una cervecería)

El hombre (aquí el autor retoma su relato o, como se dice ahora con altivo aire, es tomado nuevamente por él) no solo quería fotografiar el monumento, también quería indagar su procedencia y desentrañar el “1947”. Quería saberlo todo y quería hacerlo inmediatamente, antes de que a su afán de investigar le suceda esa conocida pereza que asociaba al desencanto y la derrota. La fecha grabada en el bronce lo agitaba: quería respirar peronismo escondido y retroactivo. Ese que hoy se adivina solo en notas residuales: los hoteles de los gremios, las sombrillas modestas que se dan vuelta apenas gira el viento, los “tupper” poblados de milanesas para ser devoradas en la arena, las camisetas de los clubes del ascenso desfilando con naturalidad y la idea -ardientemente mimada- de que la ciudad debe haber sido en otro tiempo una fiesta. Pensó que semejante prodigio metafísico estaba al alcance, a unos metros. (Es probable que el autor también lo creyera, e incluso que haya concebido al texto mismo en clave mediúmnica, como un ejercicio de espiritismo social).

En un orden de cosas más profano, le constaba que cualquier automóvil que saliera del puerto con rumbo a la avenida tendría que pasar necesariamente por el punto donde él se encontraba demorado y peligrosamente hechizado por un estallido de resonancias. El emplazamiento mismo del monumento, en la intransitada plazoleta, abonaba su embriaguez: según el mapa interactivo que consultó con vértigo en el celular -sin prestar atención a lo que ocurriera en el pavimento- la escultura estaba en el cruce de la Avenida de los Trabajadores con la calle 12 de octubre. Zona fuertemente vinculada a la producción y el trabajo, con un pesado perfil compuesto de elevadores de granos, murallones, grúas, barcos y astilleros, y matizado graciosamente por lobos marinos y pintadas a favor de Aldosivi (Por si fuera poco, una de las avenidas que resuelve el laberinto portuario tributa a los Pescadores. El autor pujó por incluirla para consolidar cierta atmosfera, pero le resultaba incómoda y disonante en cada párrafo que probó y luego tuvo que suprimir con ese dolor ridículo y narcisista que delata al escritor mediocre, o escasamente prolífico).

¡Todos merecen una avenida! se apresuró a proclamar. La indiferencia general por los monumentos y por su origen vino a inflamarle el trance anacrónico, porque pese a tantos años de divague intelectual disfrazando su congénita nostalgia, el protagonista no sabía, no se había enterado nunca -hasta que leyó la placa- que la obra era una reliquia del decenio réprobo; que estaba destinada a integrar un conjunto mucho más poblado, alto y ambicioso; que estuvo escondida durante 40 años y que volvió a ver la luz del sol bajo un nombre y un sentido falsos. ¡Peronismo es misterio! -gritó- deseando en vano que alguien lo escuche (Aquí el autor abundaría innecesariamente si hubiera escrito que el protagonista pertenecía a la clase de hombres que no suelen ser escuchados o que prácticamente no tienen voz) Pero se tendía la noche sobre ese umbral del puerto marplatense sin que nadie circule por aquella esquina y él, obsesionado por el coloso solitario y significante, puso un primer pie sobre el asfalto.

(Al cabo de una serie de informaciones asombrosas y reflexiones precipitadas, el protagonista es condenado por el autor a sufrir un accidente de tránsito cuyos detalles omite para no afectar la centralidad del avatar histórico. Lo que no sabe explicar -y ni siquiera sugerir- es la necesidad de que sea fatalmente atropellado, pero lo hace confiando en que, a medida que el lector avance entenderá que es una resolución piadosa. Ah, es interesante agregar que evita precisar el tipo de vehículo que termina con la humanidad del protagonista temiendo que, al texto, que desea concluir con el formato de un cuento, se le cuelen los humores del libelo)

Cuando la navegación por internet lo condujo al increíble itinerario de la escultura, se formó en la cabeza del protagonista un remolino de euforia, indignación y perplejidad. En pocos instantes, antes de quedar malamente tendido sobre la calle, supo que la obra había llegado a Buenos Aires hacia los últimos días de gobierno del “tirano prófugo” para integrar el “Monumento al Descamisado”, proyectado como una elevación superior a la Estatua de la Libertad de Nueva York y el Cristo de Rio de Janeiro. Un Olimpo vertical de 160 metros de altura con el trabajador endiosado en la cima y varios apóstoles alegóricos. Hecho en Italia sobre piedra de Carrara por el artista Leone Tommasi, el que ocupa esa esquina de Mar del Plata, era originalmente el “Monumento a la Independencia Económica”. Ávido por saber más, no tuvo tiempo de emocionarse contemplando al Apolo del desendeudamiento. Devoró en el teléfono distintas publicaciones, y todas le confirmaron que estaba frente a la única figura del conjunto que escapó del fervor republicano de 1955. El golpe “libertador” arrasó con la anatomía de todos sus compañeros, cortándoles la cabeza para arrojarla en el lecho del Riachuelo donde tal vez siguen querellando en silencio junto a desechos químicos y chatarra podrida. Alguna distracción burocrática (Esta es una suposición gratuita del autor a falta de datos más concretos) le permitió mantenerse retenida pero entera dentro de su embalaje de madera en un depósito del Dock Sud hasta el año 1987. Lee también el protagonista, ya en el éxtasis de su descubrimiento, que el monumento no solo fue ocultado –aunque eso significara su salvación física- sino que sufrió una afrenta mayor: Se trata de un hombre con el torso desnudo sentado sobre un pulpo, una rueda dentada, una cadena rota y un ancla. Crispado, lee en una de las notas que “el pulpo domado y la cadena rota simbolizan la resistencia al imperialismo y la emancipación, mientras que la rueda dentada y el ancla aluden a la industria y la marina mercante nacional como palancas de soberanía”. Pero el bravo efebo, por contar con esos dos tópicos marinos, fue utilizado y ultrajado por una asociación civil que lo emplazó en 1987 como “Monumento al Hombre de Mar” para resolver una miserable rencilla municipal sobre tributos y monumentos públicos. El protagonista no pudo dejar de evocar en la funesta suerte de la obra el macabro periplo de la pobre Evita, escondida con otro nombre en un cementerio de Milán durante una eternizada y encarnizada proscripción de vivos, muertos y estatuas. Corroboró que recién en marzo de 2022 el diario La Capital de Mar del Plata anunciaba la reinauguración del monumento en un acto oficial que le regresaba el nombre. La noticia, ya obsoleta como tal, le procuró al protagonista un último momento grato. Sintió de pronto que todo ese mar que rodea a la ciudad, a veces verdoso, otras azulado, y negro por las noches, se enroscaba en un gigante orificio del tiempo para inundar las catacumbas de la historia con furia y que, al cabo de una larga barrida de falsedades e ignominias, regresaba, como Orfeo del infierno, a la superficie de la ciudad derramando su claridad de espuma reciente. ¿Y si peronismo fuera también milagro? -pensó- (aquí el autor inyecta una vana gota de esperanza en el talante siempre penumbroso y lacónico del protagonista. Es una decisión invasiva, y revela que por momentos desea reemplazarlo, hacerlo otro, pero se equivoca).

El protagonista murió finalmente entre los dolores de una colisión abrupta y los de tanta argentinidad adulterada. La oficial de la Policía Científica se encargó de la descripción técnica, mientras que, paradójicamente, al protagonista lo rodeaba por primera vez una multitud morbosa de personas complicando el paso de los autos. A la oficial le llamó la atención comprobar en la pantalla del celular del protagonista, caído a pocos metros de su cuerpo inerte, notas relativas al monumento, y aunque era una mujer profesional y minuciosa, no quiso consignar esto en su informe por considerarlo irrelevante.

(El autor, atribulado, siente algo extraño respecto de este final, como si el protagonista le reclamara algo más que contar al mundo la historia del monumento que casi nadie se molesta en saber. Pero empieza a sospechar que haberlo hecho morir en un enredo metafórico arbitrario, fue una operación narrativa con la que pretendió continuar con su vida mientras extirpaba importantes y perturbadoras porciones propias. ¿Le había hecho a su texto lo mismo que le hicieron a la estatua? Tal vez el verdadero título del relato fuera “¿Por qué el autor hace morir al protagonista?”)

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