Marcelo Araujo y su postura

"Resultadismo" ¿un engendro teórico?

Debate con forma de pregunta

17 de marzo de 2026

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.En una nota que merece ser leída por lo generosa, exhaustiva y bien escrita, un amigo de FB repasa la trayectoria del gran locutor Marcelo Araujo, recientemente fallecido. No menciono al autor porque a los comentarios que siguen los anima más la amplificación de una pregunta que la provocación de una polémica. Entre las breves críticas que le dedica al periodista figura el “resultadismo”, sustantivo con el que vuelvo a chocar y al que pretendo desentrañar. Despejando la posibilidad de una discrepancia ociosa, dejo constancia de que si se trata de prodigarse en elogios a un equipo que gana un partido de casualidad o gracias a un esporádico contraataque y termina luego en la parte baja de la tabla, comparto la imputación. Pero la nota, de acuerdo a lo que se deduce en varios de sus segmentos, parece referirse al inveterado antagonismo Menotti – Bilardo, convenientemente magnificado en su hora. Aquí está la cuestión que alimenta mis dudas: En el caso concreto de los entrenadores, si por “resultadismo” se entiende el otorgamiento de la prioridad al resultado futbolístico por sobre el tipo de juego que se desarrolle para lograrlo, se me presentan los siguientes problemas: No se podría, por defecto, pensar que a los detractores de esa escuela les sea indiferente el resultado. Por el contrario, intentan diferenciarse afirmando hasta el tedio que para ganar primero hay que jugar bien. Tampoco hay derecho a inferir, por contrapartida, que los “resultadistas” serían directores técnicos que invitan a sus futbolistas a “jugar mal”. Esto es absurdo, pero la definición que busco se empieza a embarrar. Queda pensar que la diferencia pasaría por el lucimiento o el espectáculo que da el juego que se practica. Aquí los “resultadistas” serían seres que desatienden cierta estética del futbol a la que no se debe faltar. Esto es complicado y baste decir que en su momento Carlos Bilardo movió cielo y tierra para contar con Sabella y Trobbiani. ¿Les pedía que tiraran la pelota a la tribuna o que hagan lo que sabían hacer? Menotti, emblema del futbol agradable, tuvo en su selección verdaderos gladiadores dentro de la cancha -algunos bastante ásperos-, una condición atlética superior a la del resto de los participantes, un arquero sobrehumano y una goleada oportuna. Aprovechó todo y por eso se debe decir que su equipo jugó bien. Siempre quiso ganar aquel torneo y lo logró ¿Por qué no era resultadista? ¿Le daba lo mismo? Si el “jugar bien” es un presupuesto para obtener el triunfo ¿qué es lo que se privilegia, el medio o el objetivo? De aquí que “resultadista”, si se lo mira bien, no hay entrenador que no lo sea, por lo que probablemente se trate de un engendro teórico hijo del prejuicio, el análisis parcial o la franca contradicción. Para entender mejor –o para terminar de no entenderla- la cuestión me lleva a la definición de “jugar bien”, en la que se amparan, frecuentemente, algunos que suelen tener dificultades para conseguir resultados. (Necesito hacer una digresión. Sin perjuicio de la obviedad, estoy hablando de futbol. No suscribo el “resultadismo” en otros ordenes de la vida. Ejemplo: Prefiero pagar más caro o privarme de algo antes que un compatriota se quede sin trabajo). Pero el futbol es radicalmente un juego que resuelve como disputa. Se juega para ganar y gana “el que le pasa la pelota al compañero que tiene la misma camiseta y le hace el gol al arquero que hoy no desayunó con nosotros”, como decía el Doctor. Si fuera más un espectáculo que una disputa, se sacarían los arcos para dejar de contabilizar quien hizo más goles y el futbol procuraría parecerse al ballet. Ergo –y lamentablemente- la única categoría desde la que se puede inferir que cosa es “jugar bien” y qué cosa es “jugar mal” es la eficacia de lo que se hace. Si un equipo tiene un Houseman o un Ortega que dejan rivales en el camino para generar goles y ganar, está jugando bien. Si otro tiene un rematador como Scotta, que emboca un puntazo desde 40 metros o un cabeceador que casi no entra en juego, pero manda adentro la única que tiene, está jugando bien. Si otro equipo tiene una de esas defensas cerradas que solo recibe un gol cada ocho partidos, está jugando bien. Si un equipo, como el Barcelona más mentado, aburre hasta la somnolencia haciendo tres millones de pases cortos y precisos hasta que Messi se enciende o el rival pierde una marca, está jugando bien. Si un equipo tiene cualquiera de estas virtudes, pero gana poco, está jugando mal. La única diferencia que percibo entre “resultadistas” y opositores -hasta que alguien me demuestre lo contrario- es de índole declarativa. Hace no mucho tiempo, un excelente entrenador, Gabriel Milito, criticó a Ricardo Zielinsky por su “juego directo”. Algo así como cruzar las líneas medias por arriba para acercarse al área contraria. (Bilardo decía que si hubiera tenido a Chilavert no hubiera necesitado volantes). Es respetable que a Milito, partidario de la salida cuidada desde el fondo, no le guste lo que hacen otros, pero la paradoja es que el entrenador objetado, como se puede verificar en su paso por varios clubes, supo promover muchas veces juegos de ida y vuelta generando buenos espectáculos y partidos ricos en goles. Confirmo que la inconsistencia del “resultadismo” como concepto lo acerca demasiado al mito no revisado. (Y conste que les cedo a los cantores del “jugar bien” el beneficio de no computar que el futbol es también un negocio y una fuente de ingresos. Visto desde este ángulo más sórdido, el que pierde más de lo conveniente se queda sin contrato y de poco le servirá decir que cuidaba el estilo en obsequio del espectáculo). Volviendo a Marcelo Araujo, si tomó partido por Bilardo en aquella controversia, habrá tenido sus razones, pero no está de más recordar que hasta concluido el Mundial de 1978, hubo una suerte de “oficialismo futbolístico” que Bilardo estuvo lejos de disfrutar cuando le llegó su momento. Más bien padeció todo lo contrario: un coro de periodistas, colegas y hasta altos funcionarios nacionales que lo denostaron sin piedad para terminar después disculpándose -los más nobles- y borrando con el codo lo que escribieron con la mano los más miserables. Tal vez Marcelo se haya dejado llevar por esta inequidad, tantas veces omitida. Su apasionamiento -que incluye algún exceso- ha facilitado que se lo lastre con el vano estereotipo de “resultadista”.

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