Sarmiento, el hijo
Tributo y culpa por una muerte temprana
31 de julio de 2026
Tan solo 21 años separan al 17 de abril de 1845 del 22 de Setiembre de 1866. La primera fecha señala un nacimiento promisorio, ocurrido en Santiago de Chile; la segunda, una muerte militar en el lugar del Paraguay donde la guerra alcanzó su pico. Injustamente breve, aquel paso por el mundo recibió un esmerado retrato literario, porque el padre del joven malogrado era el más grande escritor de su tiempo y un protagonista central de la política argentina. De haber sobrevivido, habría visto al padre asumiendo la presidencia de la Argentina, pero el destino se opuso. Quien así vivió y perdió su vida -preciosa como cualquier otra- llegó al mundo como Domingo Fidel Castro y Calvo, y cerró sus días como el Capitán Domingo Fidel Sarmiento, pero tanto para sus afectos como para la posteridad nunca dejó de ser -seguramente a su pesar- “Dominguito”, el hijo del gran hombre.
Si hoy vuelvo a abrir las páginas del rico “in memoriam” (“La vida de Dominguito”) que el padre le dedicó veinte años después de perderlo, se debe al cruce con otros textos, particularmente el de la escritora uruguaya Mercedes Vigil, autora de “El Loco (luces y sombras de Sarmiento)”. Su libro aviva el infausto caso de Dominguito, aunque desplazando la centralidad hacia la larga relación entre Domingo Faustino Sarmiento y Aurelia Vélez, y el también prolongado conflicto que provocó esta historia con la madre de su hijo y con Dominguito mismo.
Conforme a la versión que el escritor jamás puso en duda, Dominguito era hijo sanguíneo de Domingo Castro y Calvo, prospero comerciante y minero chileno, y Benita Martínez Pastoriza, una mujer mucho más joven que su esposo casi anciano. Castro y Calvo falleció meses después del nacimiento en una casona que, desde 1843, también era habitada por otro Domingo (Sarmiento), hospedado por el matrimonio en razón de su exilio político y sus dificultades económicas. Benita, una vez viuda, no tardó mucho en casarse con Sarmiento, con quien mantenía un fogoso romance cuyo comienzo, de acuerdo a cuánto se lo quiera retrotraer en el tiempo, objeta la filiación “adoptiva” de Dominguito. De humana contextura, estos detalles no procuran la miserable moralina, sino, por el contrario, un entendimiento más fino de la admiración y el orgullo que trasunta Sarmiento en ese homenaje que le requirió tantas páginas. No porque no se pueda querer con la misma fuerza a alguien que no lleva la misma sangre, pero sí porque en todo el capítulo que retrata la niñez de Dominguito, Sarmiento destaca su precocidad para asimilar información, para escribir muy tempranamente palabras con carbonilla o para incorporar con facilidad vocablos en otros idiomas. El segmento deja entrever la satisfacción del padre por ver reflejarse en el hijo dones propios muy apreciados.
Tras criarse y crecer en Chile, Dominguito llegó a Buenos Aires en 1857 con 12 años de edad. El país estaba dividido entre Buenos Aires y su campaña (la provincia), bajo el gobierno de Valentín Alsina, y la Confederación Argentina, que reunía al resto de las provincias, presididas por Justo José de Urquiza desde su capital establecida en Paraná, Entre Ríos. Suena curioso, pero Sarmiento, que había tomado partido contra Urquiza, era en ese tiempo senador por San Nicolás de los Arroyos en la Legislatura porteña. La tensión entre las jurisdicciones que se desgarraron durante casi 10 años, tiene su parte en esta historia. Cuenta Sarmiento que, justamente, en 1857, dado el clima belicoso reinante y ante la perspectiva de un enfrentamiento entre las partes -que tendrá lugar en 1861 en Pavón- Buenos Aireshabilitó el reclutamiento militar de jóvenes de 18 años de edad. Es el instrumento que va a utilizar Dominguito en 1864 para enrolarse. El otro factor concurrente se puede hallar en el seno mismo del hogar. El autor no elude su obsesión por la educación política y militar del hijo. A propósito de los años de crecimiento, escribe: “…empieza aquella adolescencia infantil que va a formar un tipo singular, el patriota anticipado, el político imberbe…” Interesante expresión en la que parece convivir lo laudatorio con la admonición. Sarmiento le ha inculcado a Dominguito el deber de luchar contra las tiranías ejemplificándolo en su propia e incansable oposición al régimen de Juan Manuel de Rosas. Lo inspira el modelo inglés de aquellos tiempos que preparaba a hombres muy jóvenes para la administración y defensa del estado. Un dejo, sino de remordimiento, al menos de fatalismo, vibra en estas páginas: “…Ay! ¡Cuán caras habrían de pagarse tan buenas y aprovechadas lecciones! ...” Más allá de la dedicatoria al hijo, el libro también contiene zonas autorreferenciales, de las cuales elijo una confidencia de Sarmiento capaz de interpelar a sus posturas más celebres y sesgadas: “…no siempre puede por los hechos, saberse de qué lado está la barbarie, cuando se agitan las pasiones políticas en estos pueblos infantiles…”. Claro que nada puede reemplazar la lectura completa de aquel texto y menos, esta arbitraria exposición.
Contra la violenta oposición de su madre, en 1864 Dominguito se alista en el Regimiento 12 de Infantería de Línea al mando de Lucio V. Mansilla, amigo personal de su padre. Ninguno de los protagonistas imaginaba que en diciembre de ese mismo año comenzarían las hostilidades diplomáticas que conducirían finalmente a la Guerra de la Triple Alianza. Unificado el país luego de Pavón, Mitre ejercía la Presidencia y era por ende el encargado de dirigir la guerra. Sarmiento venía de una controvertida Gobernación de San Juan, que obligó al gobierno nacional a removerlo del cargo. Curiosamente, como derivación de estas circunstancias, el presidente Bartolomé Mitre y su amigo Sarmiento intercambiaron el cuidado de sus respectivos hijos en ese año crucial de 1865. Concluida la experiencia sanjuanina, Sarmiento le pidió al presidente que lo designe embajador en los Estados Unidos para alejarse de sus conflictos familiares y de una coyuntura políticamente adversa. Mitre le concedió el deseo a cambio de que lleve con él a su hijo Bartolito para que se forme en la experiencia. A su vez, Sarmiento, le encargó que cuidara a Dominguito –con quien no había vuelto a hablarse- en el campo de batalla. El flamante embajador partió hacia Nueva York y las juveniles tropas argentinas hacia Corrientes.
Aquí entra a jugar el interesante texto de Mercedes Vigil con respecto a los presuntos motivos por los cuales Dominguito no solo resolvió iniciarse en la carrera militar, sino que, además, en plena guerra, se quejó airadamente ante sus protectores Mansilla y Mitre por no permitirle ir al frente, harto de que sus camaradas de armas se burlaran señalándolo como integrante del “regimiento de las señoritas”. Aun bajo el peso de su promesa al amigo, Mitre no supo negarle al joven el derecho a reivindicarse frente a la insinuación de cobardía. Vigil le hace decir a Sarmiento -ignoro si la frase es ficcional, pero en cualquier caso resulta verosímil- que su hijo tomó las armas para librarse del diminutivo. Benita, la madre, mejor conocedora del temperamento de Dominguito, nunca dejó de temer lo que finalmente ocurriría. En una de las cartas, le dice:“…cuídate por Dios, no te dejes llevar por el entusiasmo, acuérdate que tienes una vida entera todavía…” Llama la atención la siguiente carta suya, en la que se refiere al estado de la guerra con más lucidez que los propios comandantes: “…Esta maldita guerra se alarga cada vez más. Antes me decías que a mediados de setiembre estarías aquí, ahora hablas de octubre, pero para mí, lo terrible es el ataque a las fortificaciones de los paraguayos, que es horrible para mí, ya no tengo fe en nada, todo me aflige y llena de temores, porque hasta aquí, no hay sino desgracias que lamentar…” Es interesante el contraste con el modo que elige Sarmiento para referirse al desastre militar que Benita con tanta razón temía. Con pluma tan diestra para lo rotundo como para lo sutil, se refiere al “…inoficioso ataque…”que truncó, entre tantas otras, la vida de su hijo. Inatacable por lo impreciso, el adjetivo puede denotar por igual la acción que fracasa como la falta de idoneidad para emprenderla. También equilibra al padre dolido -y tal vez querellante de aquella pésima decisión- con el ex presidente que debió continuar y hacer propia esa guerra, sin demasiado margen político para renegar de lo actuado.
Retomando las sugerencias de Mercedes Vigil, sucede que al momento de entrar Dominguito al ejército, hacía ya más de 8 años que su padre mantenía una relación con la brillante hija de Dalmacio Vélez Sarsfield, Aurelia, asunto que mereció convertirse en el escandalo predilecto de toda Buenos Aires, ya que ambos estaban casados. Sarmiento lo negaba y acusaba a su esposa de inventar esa historia hasta que Dominguito interceptó una carta amorosa que le dirigía el padre a su amante. Siempre de acuerdo a lo escrito por la historiadora uruguaya, Dominguito, indignado, se trasladó a San Juan donde Sarmiento ejercía la gobernación, para recriminarle la ofensa a su madre. (Téngase por agravante que los Vélez vivían a 100 metros de la casa familiar de Sarmiento). El encuentro coronó una creciente dificultad entre ambos para dialogar y Dominguito se volvió a Buenos Aires prácticamente expulsado por su padre. La versión, de ser cierta, le adjudicaría a Sarmiento una importante carga de culpa respecto a la suerte de su hijo que no resuena llanamente en el libro. Ni hablar de las recriminaciones de Benita, algunas hechas a viva voz en las calles de la ciudad. La muerte de Dominguito fue su infierno personal y el origen de sus serios problemas de salud, justo cuando había alcanzado la investidura pública que tan largamente anheló.
Tocó a Bartolito Mitre, amigo entrañable de Dominguito y de su misma edad, transmitirle a Domingo Faustino en los Estados Unidos la tremenda noticia. Alcanzado por restos de un casco de cañón que le rompió el tendón de Aquiles, su hijo había muerto desangrado en los campos de Curupayty. Agonizó en brazos de Lucio V. Mansilla y sus restos, trasladados a la Recoleta, fueron objeto de un sinnúmero de discursos y homenajes, que se transcriben en el libro a la manera de un ampuloso proemio.
Sarmiento regresó en agosto de 1868 a Buenos Aires, donde el inteligente trabajo de Aurelia, Dalmacio, Avellaneda, Adolfo Alsina y otros, había logrado hacerle ganar las elecciones de abril, a pesar de encontrarse en el extranjero. Ya en su carácter de presidente electo, aunque con escaso ánimo festivo, se presentó acompañado de Bartolito en la casa de gobierno. En el despacho presidencial lo aguardaba, todavía en ejercicio del cargo, el multifacético Bartolomé Mitre. “Aquí le traigo a su hijo hecho todo un hombre”, le dijo Sarmiento a su viejo amigo devenido en adversario político. Mitre, quizá arrepentido de no haber usado al máximo su autoridad militar, no le pudo responder lo mismo.
“La Vida de Dominguito” fue el último gran esfuerzo intelectual de Domingo Faustino Sarmiento. Compuesto por igual de anécdotas y reflexiones, tuvo también un alto costo emotivo que se trasunta en los párrafos que siguen: “…Una comisión del servicio y la convalecencia de una enfermedad, lo trajeron dos veces a Buenos Aires antes de morir. Todos esperábamos que la imaginación que lo había impelido a buscar el esplendor siniestro de los combates más allá de las fronteras de Corrientes, le detendría en Buenos Aires, convirtiéndolo en cronista de guerrillas y batallas, pero estos cálculos resultaron equivocados. El sentimiento del deber había entibiado al poeta, como poco después mató al hombre.”. Le sigue la trascripción de la última carta que Dominguito le envía a su madre en la víspera de Curupaytí: “Escribo trepado en un enorme árbol, mirando hacia el enemigo, que tiene sus reales en una línea de montes no muy lejanos. Deseo los combates, los asaltos, porque después de ellos me tendrás nuevamente a tu lado.” Luego de varios años de ordenar y completar este texto, Sarmiento finalmente logró publicarlo en 1886. Dos años después, tras recibir una última y fugaz visita de su fidelísima Aurelia, moría en Asunción del Paraguay durante una madrugada de setiembre.