Una inmortalidad profana

Una inmortalidad profana

monstruos renacidos en el cine

18 de marzo de 2026

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La resurrección, menos ubicua que la reencarnación -aunque más pretenciosa- incluye a la carne hacia el final de los tiempos. Fecha viscosa si la hay, solo tiene talles para los hombres de fe. Los monstruos, o al menos cierto tipo de monstruos, no militan en el segmento. Afiliados a la tradición que alumbrara Mary Shelley en la mansión de Lord Byron, son seres impacientes. Quieren volver a la vida en carne y en espíritu al mismo tiempo y lo quieren pronto: antes que el gusano desembarque en la propia mortaja. No los complace la reencarnación porque es economía velada. Cuerpos nuevos se distribuyen almas vigentes y la mismidad queda en ascuas. La migración cancela la memoria personal, salvo que se lo lea -y se le crea- a Brian Weiss. No es el caso de nuestros monstruos que anhelan una completa continuidad de músculo y conciencia. Allí es donde la ciencia, con aspereza neoliberal, amenaza a Dios con dejarlo sin trabajo. La ciencia es acción y eficacia, humilla a la oferta celestial que provee eternidad al precio de la escisión. El alma consigue asilo, pero el cuerpo queda abandonado a su inhumada suerte hasta nuevo aviso. Sin embargo, el laboratorio del Dr. Frankenstein y Mary Shelley no desdeña totalmente a las alturas: se deja inseminar por el cielo, acunando sus viriles rayos sobre tejidos humanos en podredumbre, sin apelar a una fertilidad tan extrema como la del espíritu santo. Lo que reclama son voltios, estallidos de luz y electrodos al rojo. Dios, experimentado y astuto, puede mimar la ilusión de un nuevo turno: El laboratorio articula, pero no crea.

Lo corporal es la jurisdicción monstruosa por excelencia, lo sabe -y lo aprovecha- el gran David Cronenberg. El cuerpo no quiere morir y ni siquiera envejecer, pero se atrofia y se degenera con una certeza que aburre. Le brotan manchas, prominencias y ulceraciones. Puede ser bello y puede ser horrendo. Frankenstein fue desafortunado en el ensamblaje. La desidia de Igor vino a errarle justo con el cerebro en tiempos en los que ese déficit se notaba. La vivificación eléctrica del monstruo no pudo redimir el daño de origen mostrando lo linfático de su ser. El arduo cirujano que le enchufó electricidad a su anatomía inerte y cosida, padeció la rebelión del invento. Fallada, la unidad se soltó de la camilla para inmolarse en la repulsa popular de los bosques, asumiendo la suerte de las brujas pelirrojas. No fue espejismo deslumbrante, como el conde que se añejaba en los Cárpatos, ni portento metálico que se resetea en segundos como Arnold Schwarzenegger. Su índole fue mayormente biológica y degradable. Las condiciones de su creación reconocieron los límites del componente, una soberanía de la parte que quisiera tributar al destripador de Withechapel. Por fuera, se asemejaba más a los muertos vivos que brillaron en el Hollywood de los 70. Aquellas figuras ralentizadas y harapientas, de pasos torpes y rostros grises que asustaban con su hibridez tenebrosa. Salían con desparpajo de la tumba y acumulaban fama con esa brava alteración de lo esperable. Pero no eran sólidos, cargaban más muerte que vida en un andar casi fantasmal. Tal vez Michael Jackson haya sido la cumbre estética de la especie. Frankenstein comparte aspecto, pero no naturaleza con estos hijos de George Romero. Es fuerte, peligroso y resistente. En apenas un siglo, su iconicidad saltó de la literatura a la imagen. Convirtió inmortalidad física en perpetuidad narrativa. No se objeta -por lo clásica y genuina- la monstruosidad de Frankenstein. Él es uno de los pocos que no ha defeccionado ante la platea hambrienta de miedos soportables. James Whale lo lanzó en 1931 y Boris Karloff compartió la eternización cinéfila del personaje.

Hondamente humano en su monstruosidad, no tuvo pareja conocida hasta la encomiable aparición de Elsa Lanchester. El primer amor nunca se olvida -tal como enseñara Ramón Ortega- pero frecuentemente se supera. Imaginada por el propio Whale en 1935, aquella novia fue un experimento más fallido que su pretendiente, a quien rechaza y abomina desde que abre los ojos. La ficción se priva entonces de una vida erótica a nuestro protagonista. Eran necesarias Maggie Gyllenhaal y su libérrima versión. Para analgesia de nuestros oscuros días, nos entrega “La Novia”, que desde el título abjura de todo adverbio de pertenencia, añadiéndole épica de genero a un personaje que se las trae. “La Novia” fue hecha a pedido de Frankenstein, pero no está a su servicio. No basta con hacerla fabricar, hay que conquistarla. No es una suma de partes descoyuntadas (como él). Ella revive en un solo cuerpo, el mismo que fuera suyo cuando en la vida (anterior) fue Ida, la prostituta explotada por la mafia de Chicago en los años 30. A diferencia de su cortejante, “La Novia” es un monstruo congénitamente sexual. Su fealdad es necesaria y problemática, porque se trata de Jessie Buckley. Las manchas en el rostro que parecen un tatuaje punk, el entablado de la pierna y el pelo crispado en homenaje a su antecesora no alcanzan para desdibujarla. Comparte con el novio taciturno que construye Cristian Bale desventuras policiales y una candorosa afición por el cine en sus años de oro. Disruptivos y perseguidos, empiezan como Quasimodo y Esmeralda y terminan como Bonnie and Clyde. Pero en el tránsito hacia una segunda muerte viven más vida que nadie. Huyen, bailan, ven películas y aman en un tributo cinematográfico que proclama su autonomía.

Aparece por fin en la pantalla un Frankenstein orgásmico. La Novia lo aborda, se monta en él y hurga entre sus ropas. Frankenstein vacila y rechaza la primera embestida. Su retracción es una exigencia afectiva. El monstruo no acepta sexo en tren de pasatiempo, porque quiere que lo quieran. La soledad de los escondites urbanos insinúa que va a ocurrir lo que queremos y tememos: Los monstruos, por fin, consuman el amor con la pelvis renacida. Tal como él se lo había advertido a ella, el placer de los revividos puede perforar el cielo. Tiene de la vida la progresión natural, pero trae de la muerte la explosión de lo sobrenatural. Lubrican y fluyen con una aptitud amatoria que también es milagro. Frankenstein y La Novia alcanzan la gloria de la fealdad. Como en la utopía de una tensión clasista, los monstruos se sublevan e imponen el ritmo. La espuma del cine, una caterva de envanecidas estrellas y patéticos adulones, les copia el paso espasmódico e irreverente. Revancha cultural sublimada en una coreografía donde funge esta nueva belleza, la del monstruo como histórico revés de sí mismo, de su metáfora direccionada y mezquina. Gyllenhaal entendió que la saga no necesitaba un remake afectado o una secuela oportunista. Lo que pedía era una operación similar a la que impuso vida sobre la muerte, pero esta vez en el plano ficcional. Ella es un nuevo Víctor Frankenstein y el cine su laboratorio. De su mano nace vida nueva para la saga, que solo conserva del origen ese tipo de inmortalidad de cuño técnico, dependiente, que hace de estos monstruos unos seres vulnerables y encantadores.

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